El inquilino: La llegada del VIH al campo chileno

En la lucha por controlar el sida, la cultura del valle central de Chile ha sido excluida por autoridades y organismos públicos dejando vulnerables a miles de personas que ven esta enfermedad como un problema de las ciudades y que afecta principalmente a homosexuales y prostitutas. La moral sexual arraigada por el arquetipo del huaso chileno les impide tajantemente usar látex o ver la prostitución como un peligro, convirtiéndolos en un grupo de riesgo cuyos focos se encuentran dispersos por los pequeños pueblos que comparten una identidad muy propia. Las dificultades para acceder a información se mezclan con la vergüenza de levantar sospechas ante poblaciones ansiosas de vida ajena.

 Por: Paulo Guzmán Marín

Los motores de las micros alineadas en el terminal rodoviario de Rancagua carraspean incesantes. En sus pisaderas, los voceadores preguntan a gritos el destino de los pasajeros que llegan. Pero no es un buen día para ellos: hay poca gente interesada en alguno de los más de diez tramos interregionales que ofrecen. El humo del combustible de las viejas máquinas se mezcla con el olor a carne de cerdo fresca y sin refrigerar de las vitrinas de carnicerías y los vapores de las cocinas de una decena de restaurantes de comida rápida. Las autoridades intentan publicitar este terminal como un lugar folclórico y de encuentro entre los rancagüinos, pero acá todos se cubren la nariz y tratan de salir deprisa.

Rancagua recibe una numerosa población flotante de trabajadores que viven a diario las complicaciones de la conectividad rural: buses viejos, pasajes caros, caminos de tierra y recorridos demasiado largos (un colectivo cobra hasta Coltauco 2.100 pesos, lo mismo que cuesta un pasaje a Santiago pese a que la distancia es tres veces menor). Muchos vienen de pueblos agrícolas que se encomiendan a un santo todos los domingos y donde internet se usa como una novedad en el entretenimiento más que una herramienta formativa.

El paisaje urbano de la zona sur de Rancagua se diluye rápidamente al cruzar el pedregoso río Cachapoal en dirección a Rengo. Los predios se extienden hasta chocar con enormes caserones cuya mantención ha estado a cargo del mismo apellido durante décadas o incluso siglos.

Por el camino rodeado de cerros y pequeñas ramadas de trabajadores no hay hospitales. No se cuentan más de tres escuelas en un tramo de 50 kilómetros. El aislamiento del sector rural de Chile no es nuevo: ha sido tema desde que llegaron los hidalgos a buscar fortuna mediante encomiendas del rey de España y, desde entonces, el hombre se ha abastecido con lo que necesita para vivir en soledad: alcohol, religión y putas.

La comuna de Malloa tiene poco más de doce mil habitantes y según un informe de epidemiología del Ministerio de Salud, que cubre el periodo 2009-2013, es calificada la comuna con más contagios de VIH después de Rancagua. Malloa responde fielmente a su condición de pueblo agrario que, mirado desde lo alto de un cerro árido cubierto de árboles espinosos, parece apenas una mancha entre el verdor del campo.

Malloa es el arquetipo de pueblo para aquellos que han retratado con excesivo sentimentalismo la cultura huasa chilena: caballos, sol, colores, ríos, religiosidad, vida simple, huasos a caballo, huasos trabajando, huasos borrachos, huasos solos y huasos buscando compañía. Esta representación idónea deja de lado una de las consecuencias de vivir en aislamiento y sin saber afrontar los problemas de la modernidad, como la transmisión de VIH y las complicaciones de su tratamiento en ciudades cercanas.

“Esas cosas no pasan acá”, dicen muchos. Pero sí pasan.

La Comisión Nacional del Sida (Conasida) fue creada en 1990 cuando la enfermedad era relativamente nueva y con altos índices de mortalidad entre sus contagiados. Si bien se considera una patología controlada cuyo presupuesto asignado supera los 44 mil millones de pesos, los prejuicios se mantienen hasta hoy.

El documento oficial de Políticas y Estrategias de prevención, otorgado por el Minsal, afirma que la principal destreza del programa se constituye por la Respuesta Regional Integrada de Promoción de la salud sexual, Prevención y Atención Integral del VIH/SIDA y las ITS, las cuales buscan potenciar la descentralización, la transversilidad temática y la implementación de respuestas locales pertinentes a la realidad de cada zona del país.

Sin embargo, las autoridades locales discrepan de este punto y el alza del VIH –particularmente en adultos mayores– da cuenta del fracaso de las políticas públicas tanto publicitarias como paliativas de la enfermedad en todo el país.

Patricio Gaete es concejal UDI por Malloa y no duda en afirmar lo que hasta hace un tiempo solo era un rumor: el informe epidemiológico que da cuenta de lo que ocurre en la zona. Gaete admite el difuso panorama existente en un pueblo donde todos se conocen y viven de forma humilde, que debió ser reconstruido por completo luego del terremoto de 2010. Ahora, las prioridades han cambiado.

“Se han hecho charlas. Es difícil concientizar a la gente de los riesgos de la enfermedad. No pasa nada, no hacen caso. Se le da más prioridad a la obesidad infantil”, admite mientras se acomoda su chaqueta naranja.

Gaete reconoce no manejar bien las cifras de contagio al existir un secretismo entre sus habitantes. Mientras habla, los hombres pasean por la plaza con sus chupallas, imagen que contradice la de los folletos que se entregan tanto en Malloa como en Santiago o Valparaíso, donde las parejas homosexuales son exhibidas como principal grupo de exposición al contagio.

“La prioridad acá ha sido la reconstrucción. Malloa quedó en el suelo. Ahora tenemos un hotel increíble, un lugar para comer rico. Lo que falta son estudiantes de turismo que vengan a aprovechar sus conocimientos en el sector para atraer recursos”.

Los poblados regados por el Valle de Cachapoal y Colchagua crecieron bajo el alero de la industria agraria, pero existen casos como el de Santa Cruz que ha logrado reivindicar su imagen a través del turismo vitivinícola y un casino con hotel de primera clase. A Malloa se le conoce por la salsa de tomate, por la mermelada que lleva su nombre y por las peregrinaciones religiosas, algo que según sus habitantes, no hace justicia para las oportunidades que puede entregar el pueblo a la economía y turismo regional.

El último perfil epidemiológico entregado por el Departamento de Salud Pública de la Seremi de la Región de O’Higgins revela que en Malloa se encuentra la mayor tasa de VIH por población en la región, donde el 81 por ciento de los casos corresponde a varones de entre 20 a 29 años. Al comparar los trienios 2008-2010 y 2011-2013, se observa un aumento de notificación de casos en un 30 por ciento (lo cual equivale 313 nuevos casos) en la provincia de Cachapoal, compuesta por Doñihue, Rengo, Malloa, Pelequén entre otros pueblos y ciudades como Rancagua. Esta cifra permite estimar en más de mil contagios notificados.

En una entrevista para El Tipógrafo, diario de circulación online con poco conocimiento entre la población, el jefe de la Unidad Epidemiológica de la Seremía, José Rodríguez, confirmó que “constan características en la región que hacen que tengamos una tasa de infección más alta pero no existen estudios que determinen cual puede ser la causa”.

Una cigüeña de cartón ubicada en un costado de la entrada principal del policlínico, único centro de salud de Malloa, sostiene un letrero que reza con letra gastada la frase: “Quiero mi adolescencia sin pne más de 30 años, por lo que sabe dar una explicación concisa del problema que hace a Malloa la zona con más contagio y predisposición a contraer Sida en la sexta región.

“La comuna está en el primer lugar por Pelequén y su casa de remolienda. Llega mucho inmigrante que luego parte a otros sectores de la región generando una tendencia al contagio”, explica.

La prostitución es tan típica de la cultura chilena como lo es el rodeo y la cueca. Existen películas, obras de teatros, textos periodísticos y literarios que han mostrado la influencia campesina. También se retrata en el norte, en las salitreras tristes y polvorientas como en los puertos húmedos cuyos adoquines se iluminan por una tenue luz mezclada con niebla marina.

En el campo las viejas costumbres siguen en pie. No llegaron universidades ni edificios que pudiesen contrarrestar el panorama de los burdeles como sucedió en Valparaíso. Y lejos de ser vista como una práctica que puede contagiar de VIH a varias personas en un día, se mantiene el secretismo entre patrón e inquilino que van a beber unas copas con las caseritas de siempre.

“Si la prostitución estuviese regulada no existiría este problema y probablemente disminuirían los casos, pero dada las condiciones del prostíbulo de Pelequén, donde las chicas trabajan por las noches que quieren y luego se van, es difícil”. Según la matrona del reciento en el pueblo vecino, las prostitutas que tienen residencia fija en el lugar cuentan con sus controles al día, pero reitera que no es suficiente.

“La prostitución debe dejar de ser algo clandestino y oculto. El Cesfam debería intervenir, el gobierno debería intervenir”. Lizana tiene ideas innovadoras para el contexto, pero dadas las características del prostíbulo, sus propuestas de regulación son difíciles de implementar. Generalmente se trata de casonas que muestran su fachada como hostal, y alojan a señoritas siempre y cuando trabajen por sexo. No se puede mantener un catastro de cuántas mujeres pasan o han pasado por ahí, y derriba el mito de la casa de remolienda con elegantes mujeres sensuales con telas sobre los hombros. Acá se cambia sexo por un techo.

“El VIH no es un examen de rutina que uno puede llegar y pedir: se debe firmar un consentimiento y estar de acuerdo con la solicitud. El resultado se entrega en aproximadamente un mes. Pero antes, se hace una consejería donde se debe firmar otro papel”, asegura la obstetra, para quien la burocracia, lenta y tediosa aleja a los pobladores de las medidas preventivas.

Otra principal causa del contagio, según la especialista, está en la desinformación parental. Creen que al tocar este tema con sus hijos abren una puerta al apetito sexual de los jóvenes haciendo caso omiso a los riesgos que implica el silencio.

“Uno va a los colegios a la reunión de apoderados a realizar charlas enfocadas en jóvenes de 10 a 19 años donde se preguntan temas de identidad sexual y los riesgos que puede tener contagiarse de VIH. Los jóvenes sienten vergüenza en venir porque hablar conmigo en un pueblo tan chico, se interpreta como un posible embarazo”.

La semana del 26 al 30 de septiembre de este año se conmemoró la Semana de Prevención del Embarazo Adolescente y para muchos destacó porque los chicos de octavo básico iban al policlínico a pedir condones.

El Servicio de Salud siempre abastece al recinto con preservativos y material educativo, pero no existe una conexión real entre autoridades y las juventudes que tienen sexo desde una edad temprana. El problema del VIH es la paradoja entre hablar de una enfermedad o sexo. El segundo tópico tiende a incomodar mucho más a poblaciones con una fuerte presencia religiosa, como Malloa.

Por un tema de confidencialidad, para que otros vecinos no se enteren la gente hace su tratamiento en Rancagua. Hay pacientes que prefieren no hacerse el examen porque les da miedo el resultado y prefieren morir de las complicaciones antes de pasar por la angustia y vergüenza de tener SIDA.

“Hace poco, un joven se casó con una chica de Pelequén y tuvieron una hija. Cuando se sintió mal, acudió al policlínico para saber de qué se trataba y descubrió que tenía sida. A este joven lo violó su padrastro cuando era un niño, y la noticia tuvo un efecto desgarrador en él: comenzó a contagiar a muchas personas como una forma de venganza. Su mujer también terminó contagiada”.

Geovanna González habla con tono firme. A sus 48 años, no soporta que vengan desde Santiago a menospreciar el pueblo con preguntas sobre lo que les avergüenza. Sabe que existe una imagen errónea de la gente de provincia y trabaja día a día como jefa del Cesfam para cambiar la situación del pueblo donde ha vivido toda su vida.

“Eventualmente este joven murió. Su señora tuvo que trabajar en el prostíbulo de Pelequén para poder sobrevivir y no duró mucho tiempo en ello: falleció al cabo de un año. Me guardo sus nombres por la confidencialidad que debe existir entre autoridad y paciente, pero es una historia que pudo evitarse sobre todo dejando a una hija que ahora está en el Sename”.

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“Otra arista es que a diferencia de Santiago, acá te atiendes con tus vecinos. No es como en Santiago donde tú vas al doctor y no lo vuelves a ver más o lo cambias. Al no ser un examen expedito, pese a su gratuidad, las personas prefieren no darse por enteradas”, afirma.

La gente tiene el prejuicio de solicitar el examen por las sospechas que se levantan en un pueblo donde la moral está expuesta para ser juzgada por el conservadurismo de la doctrina evangélica, preponderante en Malloa. Esto también presenta trabas para la prevención de la enfermedad.

“Muchas veces me ha tocado lidiar con padres que se niegan a que

se dicten charlas sobre el tema por miedo a que se influya en la vida sexual de sus hijos. Creen que la abstinencia y el desconocimiento es la mejor solución cuando, gracias a internet, estas generaciones son las primeras en saber más de sexo que sus propios padres”, comenta Geovanna, luego se acomoda sus anteojos y mira las hojas de un sauce que se cuelan por la ventana.

A diferencia de Lo Miranda, con sus casas de adobe apiñadas entre las curvas de los inmensos cerros que abrazan al pueblo, o de Doñihue con sus kilómetros de campo abierto con cientos de sauces y eucaliptus que dan sombra a sus trabajadores, el paisaje de Pelequén no tiene ningún atractivo en particular: es una continuidad de casas silenciosas de no más de cinco cuadras en torno a una avenida de nombre Santa Rosa, un tramo de asfalto poco transitado, más aun a inicios de noviembre, cuando aumenta el calor y el paisaje técnicamente es un desierto a toda hora.

 

Hasta hace algunos años, la cúpula de la iglesia de Santa Rosa de Pelequén se veía entre las copas de los árboles, sorprendiendo a los viajeros que recorrían la ruta 5 Sur en dirección a Curicó. La estructura de cobre parecía un homenaje a la inmigración palestina en Chile, pero era solo una demostración de la importancia del mineral en la sexta región, que terminó por destruirla al colapsar sobre su base durante el terremoto de febrero del 2010. Los peregrinos lo catalogaron como un castigo divino ante la innecesaria ostentación de usar una torre de arquitectura arábiga en un lugar sagrado, que ahora está reemplazada por una modesta y pequeña cruz, también de cobre.

Cerca de la plaza, único punto verde del sector, está el policlínico. Todo en Pelequén es cuadrado, descolorido y gris. El recinto no es la excepción. Sin embargo, el trato de las personas hacia un forastero –sin siquiera decirlo de algún modo lo saben- es tan cordial que parece fingido.

Rocío Cruz es la médico obstetra del policlínico local, la matrona del pueblo, y es tan amable como las pacientes que atiende diariamente, entre ellas las doscientas prostitutas que, calcula, ejercen en la zona. Rocío no tiene más de treinta años, es morena, delgada y de pelo largo. Parece tan joven que cuesta creer que terminó de estudiar, aunque ya lleva dos años ejerciendo y tiene ideas claras respecto de la propagación del virus en la región.

“Estuve hasta diciembre del año pasado en el policlínico de Rengo especializado en enfermedades de transmisión sexual”, dice. “Es difícil calcular cuantas trabajadoras existen en la zona porque se cambian de consultorio constantemente para así mantener el anonimato”.

Si bien Rengo representa el núcleo industrializado de los pequeños pueblos repartidos por el valle central, tener más de 200 prostitutas –sin contar aquellas no registradas y que no acceden a controles de sanidad para regular su actividad- es un exceso para un lugar de 50 mil habitantes.

“En Rengo hay tres prostíbulos, ninguno legal. La gente conoce a las chicas y ellas no quieren hacerse el examen porque les da vergüenza. Los resultados se demoran un mes, provoca angustia y prefieren vivir con la enfermedad antes de pasar por todo lo anterior”.

La película Casa de remolienda (2007) del director Joaquín Eyzaguirre y protagonizada por Tamara Acosta, propone una imagen que se aleja bastante de la realidad: la cinta presenta una visión romántica del problema: cantantes de cueca enamorados de alguna de las chicas del prostíbulo alegre cuya historia termina con un final feliz lleno de amor y tradiciones campesinas.

La doctora Cruz cree que esa mirada de y hacia el campo chileno se ha torcido con el tiempo. Ella conoce las caras de quienes, por falta de oportunidades, venden su cuerpo para sobrevivir por una tarifa que comienza, en los casos más extremos, en los cinco mil pesos y promedia los 30 mil por servicio.

Pero al ser la prostitución una práctica transversal entre todas las culturas del mundo, como explica la investigadora Elizabeth Pisani en su libro La sabiduría de las putas, las formas en que se ejerce varían de un lugar a otro:

“Las prostitutas ganan en Merauke (Indonesia) uno de los sueldos más altos del país, más de medio millón de rupias o cincuenta dólares por servicio. Las chicas quieren sacar el mayor provecho a su tiempo atrayendo a tantos hombres como les sea posible hacia las habitaciones de tablilla del patio trasero del bar, donde se hacen los verdaderos negocios”.

Una realidad completamente distinta vivida por las trabajadoras sexuales de Rengo.

“Las prostitutas no hacen maravillas. No son profesionales ni tienen el glamour o la picardía que se cuenta de antaño. Las que ha atendido son de bajo nivel, bastante charchas. Son mujeres obligadas a aceptar la cultura del macho chileno que se mantiene hasta el día hoy y que rechaza el uso del condón”.

La doctora Rocío Cruz explica que la alta oferta hace que el negocio tampoco sea rentable y, por lo mismo, muchas lo hacen para tener un lugar donde llegar a dormir.

“El precio que cobran algunas sube si tienen relaciones sin preservativo”, dice. “Cuando yo trabajé con las prostitutas de Rengo, ellas eran muy preocupadas del uso del condón. Por eso creo que la causa del aumento es la promiscuidad en general. En la televisión no muestran escenas de sexo con un condón a la mano para usar”.

Los pueblos del valle central son lugares cristianos. El nexo entre religión y la fe de santos mantiene una tradición latinoamericana que sin embargo se contradice con la mirada de las autoridades de la localidad de Malloa, quienes aseguran que el culpable del aumento del VIH no tiene nombre, pero sí una dirección reconocible: en la esquina entre las calles Pajaritos y Estación. Es una casa grande, tanto que ocupa la esquina entera. Pelequén es solo una avenida que atraviesa pequeños pasajes donde venden comida rápida y que culmina al llegar a su iglesia, cuyo nombre completo es Santuario de Santa Rosa de Pelequén, por lo demás responsable del turismo religioso que le da algunos días de movimiento al pueblo.

El prostíbulo de Pelequén es una casa verde limón con la pintura desteñida por el sol. Tiene demasiadas ventanas, todas cubiertas con revestimientos de madera, lija y alambres. Su puerta principal está enrejada con cadenas viejas y el techo cubierto con piedras que soportan las latas. El único signo de que realmente vive alguien ahí y que algo ocurre adentro es un cartel blanco con el permiso de expendio de alcohol y una antena satelital.

Ricardo Vargas trabaja desde hace más de 20 años en la clínica Consalud de Rancagua y es una figura conocida entre los especialistas de la ciudad. Él tampoco cree que la causa del aumento del VIH en la región se deba a la prostitución, particularmente por el rango etario expuesto al contagio según las estadísticas entregadas por las autoridades de la Seremía de Salud de Rancagua.

Para el médico que a sus más de cincuenta años conoce la evolución de la enfermedad y su impacto cultural en Chile y el mundo, este tipo de prostitutas se alejan de lo que un joven puede conseguir sin necesidad de pagar por ello.

“Las casas de prostitución no se usan por la gente expuesta, acceden más al sexo libre entre ellos mismos. Estos lugares son ocupados por personas de edad media alta o mayores. Ahora nadie usa un taxi, todos ocupan Uber”, añade con una analogía poco convencional respecto al tema.

La verdadera razón de este aumento, según el especialista, radica en que no es lo mismo tener VIH ahora que en las primeras décadas de la enfermedad, donde un diagnóstico positivo era técnicamente una sentencia a muerte.

“Ha influido mucho el éxito del tratamiento en controlar la enfermedad y prácticamente curarla. Además el tratamiento está regalado por el sistema de Isapres. Ahora no se comentan las noticias del SIDA, perdió relevancia en el interés nacional. Ya no existe miedo respecto al tema y se cree que es una especie de diabetes”.

La obstetra del policlínico de Pelequén tiene una mirada idéntica respecto a los dichos del doctor Vargas. Después de todo, no es menor atender a centenares de trabajadoras sexuales y asegurar que no son las culpables como acusan en Malloa.

“Bajó el nivel de embarazos adolescentes pero aumentaron al triple las enfermedades de transmisión sexual. No se les pasa por la mente a los jóvenes que pueden ser víctimas de una enfermedad que no necesariamente se trate del sida, atendí muchos jóvenes menores de 18 años con condiloma y se debe al estilo de vida despreocupado que llevan tanto en el campo como en Santiago”, concordó.

El VIH es una epidemia bastante controlada por el acceso al tratamiento. Está en el auge, en el GES y el aumento de su transmisión se debe a la falta de información y prevención al que este grupo económico no tiene acceso. El verdadero problema del VIH entre la gente joven, es que al considerarse sanos, sus visitas al consultorio son escasas. La gente que entra a trabajar sin estudios formales y con desconocimiento del tema simplemente hace su vida pensando: “esto a mí, no me va a pasar”.

Pero Vargas si es consciente de la tradición religiosa del valle de Colchagua y admite que esta pone en desventaja a la prevención por que siempre se clasifica a la educación sexual según las condiciones morales y éticas que son distintas a las biológicas. Lo mismo sucede con el aborto, sobre todo en zonas consideradas tradicionales como las que conocemos en la región. Esta es una epidemia que llegó para quedarse”.

Los especialistas no logran concordar si es la prostitución o bien no tomar en serio al VIH como una enfermedad o la promiscuidad entendida como un signo de virilidad dentro de la cultura del campo chileno lo que tiene al valle de Colchagua con una tasa de contagio superior al triple de la media nacional.

Respecto a la mortalidad por sida entre 2006 y 2013, el informe de epidemiología presenta una tendencia a la disminución hasta el año 2012, cuando se exhibe un nuevo quiebre. Las tasas disminuyeron sobre todo entre las mujeres, luego de que el examen del VIH fuese obligatorio para todas las embarazadas, tal como comentó la doctora Geovanna González en el policlínico de Malloa.

Sin embargo, la información respecto a la tasa de mortalidad es difusa, ya que esta se realiza en base los certificados de defunción que pueden culpar a una neumonía u otras falencias relacionadas al desarrollo de la enfermedad que a la misma en cuestión.

Los adultos mayores, según señala el informe, presentaron casos solo en varones, y tomando en cuenta que la vía de transmisión sexual es el único método de contagio entre este rango etario, una de las posibles hipótesis es que existen diferencias por género para mantener una vida sexual activa con el paso de los años o cuando se pierde la pareja. También existen razones culturales que hacen que los adultos mayores no incorporen el uso del condón en sus prácticas sexuales.

Pero Rosa Madrid, encargada del programa de prevención de VIH en la región de O’Higgins, discrepa de estas cifras y asegura que es complicado mantener un perfil epidemiológico y que todo depende cómo se interprete cada cultura y su zona, además de que los estudios deben ser realizados y publicados, sin falta, cada tres años.

Para ella, las comunas con más transmisión del virus son Peumo y Graneros, que responden fielmente a las características rurales anteriormente expuestas. Lo cierto es que la gente en el campo está muriendo sin siquiera tener tiempo para acceder al tratamiento.

Hasta hace dos años estábamos con las peores condiciones de diagnóstico tardío de VIH a sida en el país”, asegura. “Teníamos la triste estadística de un siete a ocho por ciento de los pacientes que no lograban recibir la notificación de contagio porque se morían antes”.

Según expresa, las causas del contagio son patrones culturales arraigados, pertenecer a una zona machista, el tener más de una pareja y pagar por intercambio sexual.

Pero poco puede hacer frente a esto: para las 33 comunas que comprenden la sexta región, solo cuenta con un presupuesto de 4 millones de pesos anuales para charlas o medidas de prevención.

En los últimos cinco años los nuevos casos diagnosticados de VIH fueron  589. Rancagua y las comunas cercanas, que son conocidas por sus fiestas costumbristas del 18 de septiembre, ocuparon el triste primer lugar durante dos años en mortandad por complicaciones derivadas del sida debido a los diagnósticos tardíos. Pero estas cifras no se encuentran en internet. Tampoco en folletos ni se hacen charlas para alertar a la población de que los grupos expuestos al contagio no son los estereotipos típicos mostrados por las autoridades en Santiago, que fracasan en formular un perfil que debiese ser acorde la realidad de cada sector al que se dirigen.

“Seamos realistas: las páginas web de las instituciones no actualizan la información. Yo creo que este no es un tema que venda, no es un tema atractivo, depende de la sinceridad de la autoridad de turno y la preocupación real que sienta para tomar en serio a la población”, afirma Rosa Madrid, quien también considera que las tasas en la región de O’Higgins son muy bajas como para ser consideradas preocupantes en Santiago.

“Yo no pertenezco a un grupo de riesgo porque no me meto ni con prostitutas ni con maricones”, le dijo un paciente hace unos meses atrás. Para ella, la mejor medida de prevención es asumir que todo aquel que no use condón es vulnerable a contraer la enfermedad, y solo así, ese tipo de opiniones quedarán obsoletas.

Carolina del Real tiene 36 años y es la autora de libro #YoTengoVIH: Mi verdad, el cual relata de forma abierta su experiencia luego de contraer sida a través de su pareja. Se dio cuenta de que estaba infectada al sobrellevar una neumonía que por poco la mata.

Me parece absurdo que exista un grupo de riesgo. Todos quienes no usen condón lo están”, dice. “Hay que capacitar a los equipos de prevención para que lleguen empapados de la cultura de la localidad donde irán a hacer campaña”.

Desde su diagnóstico, Carolina viaja por Chile realizando charlas sin financiamiento externo y conoce a la perfección la situación vivida en las zonas rurales de Chile.

“El machismo está muy arraigado y el VIH es absolutamente tabú.

La mujer con VIH está en su casa y se muere en el mismo lugar infectada por su marido que fue infiel. Hay una agrupación que se llama Mujeres viviendo con VIH donde prácticamente hay que ir a visitarlas a escondidas”, afirma.

Asegura que la misma gente tiende a discriminarse y a permanecer en su zona de confort sin usar su testimonio como una herramienta de prevención. Puso a prueba la confianza de los aludidos en Isla de Pascua, donde por temas culturales, la prevención presenta diferentes trabas.

“Anda a tratar de ponerle un preservativo a un pascuense, hazle entender a las mujeres de la isla que ellas también tienen derecho a usar preservativo. Uno puede ir y hacer reflexionar a la población pero no le puedes imponer nada. He intentado llegar a lugares como la Minera Escondida, donde hay mucho VIH, pero alegan que no hay presupuesto, algo que a la hora de llevar a chicas de la televisión para que bailen no sucede”.

El problema de la prevención para Carolina, parte como una crítica netamente comunicacional, donde las autoridades de turno no saben expresarse acorde la situación del grupo al que se dirigen.

“Hay, pero poquito”, dice una enfermera que camina apurada por un pasillo del policlínico de Doñihue. Su tono cordial del inicio cambia y mientras evade la conversación como si se tratase de un interrogatorio, indica que el horario de atención terminó hace horas. No están acostumbrados a recibir preguntas incómodas en una zona donde los diarios locales enaltecen cualquier tipo de avance en materias de salud o educación. Los titulares deben producir orgullo en una localidad que se jacta de ser intocable por la modernidad pese a los intentos de los mismos ciudadanos de saborear algo de las casi dos décadas que lleva este nuevo milenio: un sushi bar construido en una casa con tejas de adobe y un gimnasio hecho con mediaguas no pueden contra la venta de pasteles de choclo casero y dulces de chacolí en la carretera.

Los pueblos del valle de Cachapoal están a dos horas de Santiago.

Lo mismo que tarda en una micro desde Las Condes a Maipú en horario punta. Sin embargo, la forma de pronunciación de los nombres de los lugares de la zona causa gracia a los santiaguinos que se sienten ajenos a estos lugares. Campo y ciudad se miran con curiosidad y recelo, aunque compartan tradición, idioma y enfermedad.

El VIH se convierte en un problema para un sector cuyas prácticas sexuales en las casas de remolienda se toman como una obra de arte costumbrista. La desinformación por falta de recursos también contribuye a no poder derribar mitos sobre la patología dando como resultado una población enfrentándose a lo desconocido.

El enclave es uno de los tantos pueblos del valle de Cachapoal que intenta mantener a flote su tranquilo ritmo de vida donde todo lo amenazante suena a extranjerismo, expandiendo el término a las propias ciudades de Chile donde el único acercamiento son las noticias y teleseries.

Pero esta aparente armonía vive una realidad alterna entre sauces y adobe, donde las autoridades hacen caso omiso a los problemas del mundo actual, siempre y cuando existan, pero poquito.