Hijxs de la inclusión: la nueva realidad de los trans en Chile

En Chile viven alrededor de 266 hombres y 717 mujeres trans, y aunque la ley que reconoce sus derechos sigue estancada en el Congreso, sin embargo la sociedad civil está cada vez más abierta frente a esta realidad

Por Verónica Labrín

Ese día Benjamín Vargas (20) estaba nervioso. Lo había estado siempre: el primer día de clases de la enseñanza media, su primera clase en la Universidad, y ahora, en su primera entrevista de trabajo. Sus amigos le habían dicho que se relajara, que no había nada que temer, pero muy en el fondo él siempre estaba asustado de que Estefanía, el fantasma femenino de su cuerpo, volviera a arrebatarle su identidad.

No era extraño que pensara de esa forma. Había pasado sus dos etapas escolares vistiendo el uniforme femenino, utilizando el baño de niñas y respondiendo a los docentes bajo aquel nombre que no lo identificaba, que no era su verdadera esencia, aunque estuviera escrito en su certificado de nacimiento.

Pero Benjamín sí. Benjamín su nombre social. Benjamín el del pelo negro rapado, la piel morena, la ropa oscura y la voz grave. Benjamín, el que nació con un cuerpo de mujer, pero que ahora se había presentado a la entrevista como un hombre transgénero dispuesto a reclamar su lugar en la sociedad, partiendo por conseguir un trabajo.

La población trans —compuesta por individuos que presentan una discordancia entre su identidad de género y su sexo biológico— ha adquirido mayor visibilidad durante los últimos años. Sin embargo, los estudios que pretenden medir el porcentaje exacto de transexuales y transgénero a nivel mundial todavía resultan confusos.

Hasta ahora la cifra más fiable, que fue utilizada para la aprobación de la Ley de Identidad de Género en España, es la otorgada por el gobierno holandés, que señala que por cada 11.900 mujeres existe una mujer transexual, y por cada 30.400 hombres, existe un transexual masculino.

De acuerdo con esta estadística, y considerando los datos arrojados por el Censo 2012, en Chile habitarían alrededor de 266 hombres transexuales (mujeres que adoptan el sexo masculino) y 717 mujeres transexuales (hombres que adoptan el sexo femenino).

No obstante, estos datos resultan ser solo de carácter aproximativo y poseen un amplio margen de error, ya que los altos niveles de discriminación LGBTI (lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersexuales) relegan a la población transexual y transgénero a mantener oculta su orientación sexual y su identidad de género.

 

Erradicando la discriminación

La inserción laboral de la población transexual representa uno de los temas más complejos de abordar, ya que la ausencia de estadísticas acerca de los niveles de empleabilidad de personas trans en Chile imposibilita el avance de políticas públicas enfocadas a esta nueva realidad.

En Argentina, durante septiembre de 2012, el Inadi (Instituto Nacional contra la Discriminación), en conjunto con el INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censo), realizó la primera encuesta sobre población transexual de ese país.

Según el informe, la situación laboral de personas transexuales resultó ser precaria, con tasas muy altas de inseguridad e informalidad. El 20% de los encuestados declaró no estar realizando ninguna actividad que le proporcionara ingresos económicos, mientras que el 80% restante declaró dedicarse a actividades relacionadas con la prostitución y otros trabajos informales.

En Chile no existen estudios de esta índole, pero la historia de Benjamín conduce hacia una realidad diferente, que no habla de cesantía o informalidades, sino de un pequeño mundo laboral tapizado de naranjo, impregnado de olor a café de máquina y bebidas de fantasía.

Habla de un mini market de San Bernardo, con estantes repletos de chucherías, hileras de chatarra dulce y salada, y el boche estruendoso de los clientes que se amontonan desmedidamente los fines de semana después de las seis.

Todos los sábados y domingos del mes, detrás de un pequeño mostrador ovalado y vistiendo una polera naranja a juego con el logo del local, llega a trabajar Benjamín, que comenzó con su proceso de reasignación sexual a los 16 años, cuando su psicólogo le diagnosticó una disforia de género —trastorno de identidad sexual publicado por la Asociación Psiquiátrica Americana— que vino a confirmar lo que él ya sabía desde la infancia: su cuerpo era el de una niña, pero su identidad era masculina.

“Ser transgénero —como se denomina a quienes no se han sometido a intervenciones quirúrgicas de readecuación corporal— no es una enfermedad”, recalca Benjamín. Él lo sabe, sus compañeros lo saben y, aunque no fue fácil de explicar, su jefa lo sabe, por eso le permite utilizar la piocha con su nombre social en lugar del legal.

“Le planteé el asunto de la identidad, que yo tenía problemas, que sentía que quizá no iba a calzar en el trabajo, que tal vez mis compañeros no iban a entender”, recuerda.

Las dudas crecieron cuando, antes de empezar a trabajar, se plantó en la oficina de recursos humanos para saber si tendría que usar un uniforme de mujer, o tendría que presentarse al público con su nombre legal, y no le dieron respuesta.

“Otra prueba más”, pensó y luego se armó de valor para hablar directamente con su jefa. “Le conté así de frentón, yo creo que ni entendió”, evoca.

“Siempre me ha costado llegar con la gente, me cuesta presentarme ante otra persona que puede que tenga más cargo que yo, más importancia o más influencia en algún ambiente”.

— No sé cómo va a estar mi piocha —le dijo en aquella oportunidad—, no sé si va a decir Benjamín o Estefanía…

— Tranquilo —le respondió ella—, cuando venga el caballero de las piochas, le decimos que tú eres Benjamín.

“Tema solucionado”, comenta ahora, sonriendo. “Mis compañeras me empezaron a tratar como hombre, no hubo drama, así como para explicarles toda la situación”.

Aunque en Chile no existen estadísticas relacionadas a la discriminación laboral trans, en países como España las experiencias discriminatorias en el trabajo afectan al 55% de este sector de la población, por eso, un acto de respeto tan sencillo representa un logro significativo para personas como Benjamín.

En Argentina, para paliar las bajas cifras de inserción laboral trans, el gobierno tomó la determinación de crear una política de contratación especial para población transexual. Como resultado, muchas mujeres transexuales que habían dedicado su vida al comercio sexual fueron contratadas como telefonistas, personal de aseo y otras actividades de atención al público.

“En Chile no hemos llegado al nivel que está en Argentina”, explica Rolando Jiménez, presidente del Movilh (Movimiento de Integración y Liberación Homosexual) desde su oficina, y se alza con orgullo para agregar: “Pero hemos logrado hacer procesos de inserción laboral para personas transexuales”.

En diciembre de 2013, la empresa Sodexo dio un primer paso para erradicar la discriminación por orientación sexual e identidad de género al interior del mundo laboral al firmar un convenio de colaboración con el Movilh que, además de contemplar capacitaciones a directivos y trabajadores sobre los derechos LGBTI, ha contribuido con una apertura laboral para personas trans. “Tenemos el ejemplo de una chica transexual que estuvo un tiempo en la cárcel, y cuando salió, logramos insertarla laboralmente en la empresa y ha funcionado bien”, comenta Jiménez.

Así mismo, en abril  de este año, el Movilh también acordó una reunión con Cencosud para plantear lineamientos relacionados con la Ley Antidiscriminación. “Tenemos el caso de una chica trans de nuestra organización que trabaja hace 8 años en la empresa”, explica, “y ahora quieren ver cómo generamos un espacio de capacitación más intensivo, para que los temas de discriminación no sean relevantes en el ámbito laboral. Entonces, hoy incluso existe una apertura de las empresas”.

Por otra parte, en 2014 un grupo de trabajadores encabezados por el SINTRAC (Sindicato Interempresa Nacional de Trabajadores de Contratistas y Subcontratistas) logró la primera negociación colectiva en Chile que incluyó a personas trans para discutir acerca de las perspectivas de género al interior de la empresa Más Cerca Call Center.

El acuerdo resultante estipuló que al interior de las dependencias y durante las llamadas telefónicas, las personas transexuales, transgénero, travestis e intersex pueden expresar su identidad de género y utilizar su nombre social.

Además, el nuevo contrato también concede medio día de permiso con goce de sueldo para trámites referentes al cambio de identidad legal.

“Fue un logro importante”, destaca Franco Fuica, vicepresidente de OTD Santiago (Organizando Trans Diversidades), “porque, si bien no llegó una horda de gente a trabajar, sí llegaron personas que se mantienen trabajando ahí y que han encontrado un espacio de real inclusión laboral”.

Ya de aquella primera entrevista para postular a su actual puesto de trabajo, Benjamín no recuerda mucho, salvo la sensación que lo acompañó al salir: alivio de que el empleador nunca le pidiera su carnet ni tampoco preguntara por qué estaba vestido de hombre.

Ahora solo una cosa importa, y es que ha conseguido insertarse en el mundo laboral.

Un roble

Fernando Bravo (24) ya llevaba dos años esperando. Se había conseguido una cita con un cirujano plástico de la clínica Avansalud gracias a una amiga kinesióloga que le comentó que el doctor regalaba una hora de atención gratis todos los días viernes.

Al escuchar el nombre “María Fernanda” saliendo del intercomunicador de la sala de espera, no tuvo más remedio que pararse, como siempre lo había hecho, respondiendo a un nombre y un sexo que no le pertenecían, y comenzó a caminar hacia la sala de atención.

El doctor lo observó detenidamente mientras recopilaba los datos con la solicitud para la mastectomía. Fernando se desvistió y se sentó sobre una camilla para ser examinado.

— ¿Tienes el certificado del psiquiatra y los exámenes que te pidió el endocrinólogo? —le preguntó luego el doctor.

Fernando asintió.

— Bueno, entonces fijemos fecha.

— ¿Así no más? —le preguntó Fernando— ¿Ahora?

— Sí… Eres hombre y no creo que quieras estar con esto por el resto de tu vida —respondió el doctor.

“Fue un milagro”, asegura Fernando, porque todavía no había comenzado su tratamiento con hormonas y el procedimiento tradicional exigía la utilización de testosterona para disminuir el tamaño de los senos. Sin embargo, bajo un acto de confianza, el doctor decidió realizar la operación lo antes posible, y Fernando salió de la consulta sabiendo que a partir del 28 de septiembre ya no tendría que fajarse nunca más.

Más tarde, Fernando también accedió el tratamiento hormonal para modificar sus caracteres sexuales secundarios, proceso que debe realizar cada tres meses, por el resto de su vida y que cuesta alrededor de 70 mil pesos, pero que al realizarse a través del Consultorio Ignacio Domeyko, no tiene ningún costo, ya que desde el 2013 el proceso de readecuación corporal puede realizarse de forma gratuita a través del sistema público y de Fonasa.

El procedimiento completo incluye atención en salud mental (psiquiatría), adecuación corporal hormonal (endocrinología), adecuación corporal quirúrgica (histerectomía y ooforectomía, u orquidectomía) y, finalmente, la reasignación sexual (faloplastía o vaginoplastía).

Todo acompañado por capacitaciones antidiscriminatorias cuyo objetivo busca  mejorar la calidad de vida de las personas transexuales y transgénero, y que vienen a sumarse a otros pequeños esfuerzos destinados a mejorar la atención de salud trans.

En 2007, el Área Trans del Movilh le entregó al Ministerio de Salud un documento titulado, “Asesorías y atención médica a personas transexuales en Chile” como propuesta para un protocolo y una circular de atención enfocados en educar al personal de la salud pública respecto de la adecuada atención médica de la población trans.

Tras un trabajo conjunto que duró cuatro años, el documento fue aprobado por el Minsal y en septiembre de 2011 fue lanzada la circular Nº34, que establece que al interior de los servicios de salud hombres y mujeres trans deben ser tratados de acuerdo con el nombre con el que se los identifica socialmente, con independencia de la identidad que aparezca en el carnet.

“Se espera que el nombre social sea usado durante el trato y la atención, así como también en los diversos registros destinados a la identificación social de la persona”, cita el instructivo, “todos los registros de la atención en salud deben contemplar en primer lugar el nombre legal de la persona (consignado en el carnet de identidad) y en segundo lugar el nombre social con el cual dicha persona se identifica.  Esto aplica tanto para la ficha clínica como para la solicitud de exámenes, procedimientos, prescripción de medicamentos y brazaletes de identificación. Se insiste en que la identificación verbal debe ser a través de su nombre social”.

La circular también incluye especificaciones sobre la hospitalización de personas trans en los recintos de salud, considerando el género del paciente para determinar si debe dirigirse al sector de hombres o de mujeres. Para efectos prácticos, “hoy día, si una chica trans se quiere operar de una hernia en el hospital Carlos Van Buren, esa chica, aunque se llame José Pérez en el carnet, puede ir al pabellón de mujeres si ella lo quiere”, explica Rolando Jiménez.

Paralelamente a la circular, también se emitió el protocolo de Atención Médica, destinado a capacitar a trabajadores del área de la salud, y donde se instituyen los procedimientos requeridos para la correcta adecuación del cuerpo de las personas trans con su identidad de género, denominada, “Vía Clínica para la adecuación corporal en personas con incongruencia entre físico e identidad de género”.

Más tarde, en junio de 2012, a petición de OTD Rancagua (Organización de Transexuales por la Dignidad de la Diversidad) y la Comisión Trans de Fundación Iguales, el Minsal emitió la circular Nº21 que reitera a los servicios de salud y sus funcionarios la importancia de respetar la identidad de género y nombre social de las personas trans, e incorporando también en el documento a intersexuales y travestis.

Sin embargo, la realidad es que muchas veces los establecimientos y el personal de la salud no se encuentran al tanto de la existencia de estos documentos ni tampoco están capacitados para seguir un protocolo de atención inclusivo. Por eso, OTD Santiago ha trabajado con especial énfasis en el Hospital Las Higueras de Talcahuano al incluir un programa sobre prestaciones médicas requeridas por personas trans, en términos de reasignación corporal y apoyo psicológico y psiquiátrico.

El mismo trabajo se está realizando en otros dos hospitales, uno en Valparaíso y el otro en Santiago, en conjunto con el Servicio de Salud Central, con la finalidad también de que los protocolos de atención existentes —como la circular Nº21— sean respetados.

“Es importante que se generen políticas públicas sobre el trato que las personas trans deben recibir”, expresa Fuica. “Se debe respetar el nombre social, así como la identidad de acuerdo a lo que la persona siente, y acogida…”.

Una Ley de Identidad de Género facilitaría considerablemente el acceso de la población trans al sistema de salud, pero la historia de Fernando, aunque trazada entre cuatro largos años en listas de espera, deja abierta una puerta para las futuras políticas públicas enfocadas al área de salud trans.

“Fue mejor así”, testifica ahora con tranquilidad, “porque yo estaba pasando por todo este proceso de reconocimiento propio, de entenderme a mí mismo y poder defenderme ante las personas. Entonces pensé: esperé 13 años de mi vida para llamarme Fernando, para ser un hombre, ¿por qué le estoy dando tanto color ahora?”.

La operación tuvo un costo de 2 millones de pesos —conseguidos por medio de la venta de terrenos familiares—, que se convirtieron en el único precio que tuvo que pagar Fernando para readecuar su cuerpo.

Ahora, después de un año y medio de trámites legislativos, Fernando está esperando la sentencia del juez para realizar la rectificación de su firma en el Registro Civil y poder cambiar su nombre y sexo legales.

“Ya llegué a un punto en que me siento tan hombre, que puedo estar tranquilo y puedo amar mi cuerpo y disfrutarlo”, comenta, “porque sé que soy mucho más hombre de lo que muchos lo son; he vivido descubrimientos propios como persona y en eso va también la masculinidad: en que sepas insertarte, en que sepas ser fuerte, en que seas un roble”.

De oruga a mariposa

Corre el mes de junio en el colegio “El trigal” de Maipú y Selena (7) camina hacia el frente de su sala mientras las imágenes de un cuento se proyectan sobre la pizarra. Se trata de “La gran confusión”, una historia que ella decidió leerles personalmente a sus compañeros.

Con la ayuda de Evelyn, su mamá, pudo llevar el cuento hasta el colegio entre varias diapositivas de un power-point que su profesora adelantará con el correr de la lectura. Entonces, Selena explicará que ella es diferente, que ha recorrido un largo camino para ser quien es, que nació siendo una oruga y ahora es una mariposa: que ella es una niña trans.

Selena comenzó su proceso de transición durante 2013, cuando tenía tan solo cuatro años. Antes de eso, vivía bajo una identidad masculina que poco y nada tenía que ver con sus intenciones de convertirse en una princesa, usar vestidos, tacos y maquillaje.

En aquel entonces, Evelyn Silva, actual directora de la Fundación Transitar, no tenía mayor información sobre lo que estaba ocurriendo con su pequeño hijo, hasta que en una consulta médica, un doctor le comentó que tal vez Selena —que todavía era llamada por su nombre legal— podía ser una niña transgénero.

A partir de entonces, ambas emprendieron una ardua batalla para conseguir que fuera aceptada en la sociedad con su nueva identidad femenina, lo cual incluía, inevitablemente, la búsqueda de un colegio.

La deserción escolar es una de las grandes problemáticas de la población transexual y transgénero a nivel mundial y, en Chile, la ausencia de estadísticas vinculadas a los índices de escolaridad trans dificulta los avances en esta temática.

Sin embargo, las organizaciones LGBTI han trabajado arduamente en conjunto con el Ministerio de Educación para crear políticas públicas que faciliten la inserción escolar trans, además de erradicar la discriminación.

Bajo esta consigna, en abril de este año la Fundación Renaciendo se reunió con la ministra de Educación, Adriana Delpiano, y con el superintendente de Educación, Alexis Ramírez, para discutir sobre las situaciones a las que se exponen los estudiantes una vez que inician su proceso de reconocimiento de género.

Sentados alrededor de un mesón extenso, con la secretaria de Estado a la cabeza, las madres y padres de niños, niñas y adolescentes trans hicieron entrega de un documento que plantea recomendaciones acerca del correcto tratamiento de la transición de género al interior de los establecimientos educacionales.

“La circular entrega sugerencias e indicaciones de cómo incluir a un niño o niña trans, cómo acompañarlos en su tránsito. También aclara conceptos y entrega lineamientos sobre cómo apoyar a la familia a fin de conseguir un proceso lo más respetuoso posible”, destaca Mónica Flores, directora de Fundación Renaciendo. “También buscamos que se eliminen las prácticas de heteronormatividad que le hacen tanto daño a los niños y niñas trans, como los colores asignados al sexo  y los baños con separación de hombre y mujer, para que se les permita utilizarlos de acuerdo con su identidad de género. Creo que cuando llegue a los colegios, va a ser un suceso nacional”.

Un trabajo similar realiza también OTD Santiago, con el diseño de una circular para protocolizar la admisión de personas trans en establecimientos educacionales de pre-básica, básica, media y superior que, con la ayuda del Ministerio de Educación, las instituciones deberán adherirlo por obligación.

“Lo ideal es que se generen las instancias de aprendizaje para personas cisgénero —como se denomina a aquellos cuyo sexo biológico es concordante con su identidad de género—, para que entiendan la flexibilidad del género y que se respete la identidad”, subraya Fuica, “no que sea un yo acepto tu identidad o un yo tolero tu identidad, sino que sea un respeto constante”.

Ambas iniciativas marcan un precedente para suprimir la discriminación trans al interior de los colegios. Progreso que ya había sido impulsado en agosto de 2015, cuando la Superintendencia de Educación sancionó con una multa de cinco millones de pesos al colegio Pumahue, ubicado en Chicureo, por discriminar a Andy Escobar, una niña trans a quien se le prohibió demostrar su identidad de género como alumna de la institución.

La situación de Andy abrió la puerta a la visibilización de una realidad latente: muchos colegios permiten que niños, niñas y adolescentes trans se inserten en el sistema escolar; sin embargo, la mayoría lo hace careciendo de las herramientas necesarias.

Selena y Evelyn lo vivieron en carne propia.

Al concluir el kínder, etapa que “pasó súper desapercibida”, según recuerda Evelyn, la situación de Selena cambió drásticamente: sus postulaciones comenzaron a ser rechazadas reiteradamente por varias instituciones educacionales.

—Nosotros podemos aceptar a su hija en el colegio —le dijeron en cierta oportunidad a Evelyn—, siempre y cuando ella no revele quién es.

“No querían que evidenciara a nadie su condición”, comenta Evelyn, “algo que yo no podía asegurar en ese minuto, porque un niño cuenta sus cosas. Era súper difícil que no lo dijera”.

Fueron seis colegios los que se negaron a aceptar a Selena como alumna, valiéndose siempre de la misma respuesta: “Le vamos a avisar”.

“Todavía no me llaman”, comenta Evelyn entre risas. “Son situaciones a las cuales uno se va exponiendo”.

Hasta que llegó a “El Trigal”, colegio donde Selena actualmente se encuentra cursando segundo básico y al cual postuló utilizando su identidad femenina. Contrario a lo que había ocurrido en los demás colegios, en este no le pidieron demasiados antecedentes y la respuesta de los directivos de la institución fue un “veamos qué pasa”.

“Fueron súper abiertos a aprender”, comenta Evelyn, considerando que aunque Selena estuviese viviendo su identidad de género, su nombre y sexo legales seguían siendo los de un niño.

Durante 2015, el Ministerio de Educación decidió incluir a la diversidad sexual en la Política de Convivencia Escolar 2015-2018, tras un trabajo conjunto con el Movilh, que ya había rendido frutos en 2013 con el lanzamiento de orientaciones para erradicar la homofobia y la transfobia de las aulas de clases.

“Hoy ya tenemos la normativa que considera, entre otras categorías protegidas, a la de Identidad de Género”, destaca Rolando Jiménez, ya que la Superintendencia de Educación agregó este ítem en su formulario de denuncias por discriminación.

Y también, subraya el dirigente del Movilh, desde el 2012 existe la Ley Antidiscriminación (N° 20.609), que dentro de sus categorías amparadas establece tanto la orientación sexual como la Identidad de Género.

“Estamos lejísimos de la normalidad de que un chico o chica trans puedan ser respetados con su identidad de género en un colegio cualquiera”, agrega con pesar. “Eso requiere procesos de diálogo, requiere procesos pedagógicos, y estamos trabajando intensamente para eso”.

A raíz también de esta inquietud, durante su reunión con la ministra Delpiano, la Fundación Renaciendo solicitó que el Mineduc realizara un catastro de los colegios que contemplan políticas de inclusión dentro de sus establecimientos, para que las familias cuenten con la información necesaria a la hora de buscar una entidad educacional que respete las necesidades de niños, niñas y adolescentes trans.

En El Trigal de Maipú, la situación de Selena no hizo mucha bulla, porque los únicos que estaban al tanto eran los profesores. Hasta que un día, durante la hora de la colación, Selena decidió contarles a sus compañeros.

—Yo nací con otro nombre, no me llamo Selena —les comentó—. También tengo pene, porque soy una niña trans.

“Sus compañeros no lo entendieron mucho, no lo asimilaron como algo concreto, para ellos era como un juego”, recuerda Evelyn. Pero para los apoderados del colegio debía tratarse con la mayor seriedad posible. Por eso, con la ayuda de la fundación Todo Mejora, en “El Trigal” comenzaron a realizarse charlas inclusivas para explicar la situación de Selena.

“El año pasado fue súper piola… Este año empezaron a hacer más preguntas, porque los niños están más grandes también”, subraya Evelyn.

Entonces, ante las crecientes dudas de sus compañeros y amigos, Selena tomó la determinación de realizar una exposición ella misma, con la finalidad de exteriorizar los detalles de su transición.

“En su ambiente, con sus pares, ella es capaz de explicar que no se trata de una enfermedad, y qué es lo que significa ser trans”, comenta Evelyn con una sonrisa enmarcándole el rostro, “los apoderados hicieron apreciaciones de que los niños habían llegado felices con la historia, que habían aprendido todo, y que estaban contentos de ser ellos los que habían acogido a Selena, porque en otros colegios le había ido mal. Los niños lo han entendido súper bien”.

El avance está latente, y así quedó reflejado luego de que La Moneda se iluminara con los colores del arcoíris tras la iniciativa del Mineduc por incorporar el Día Internacional Contra la Homofobia y Transfobia —el 17 de mayo—, en el calendario escolar 2016.

Esta última iniciativa refleja lo que ya ocurre en dentro del aula de clases de Selena: sus compañeros entendieron el trasfondo de la historia que su pequeña compañera trans les relató con sus pequeños cortes de voz infantil.

Lo han comprendido tanto, que Selena —luciendo un vestido nacarado y guantes blancos— fue coronada como reina del colegio el año pasado, en medio de los vítores de sus pares, y de profesores y apoderados que han aprendido a convivir con su transición de oruga a mariposa.

Punta de lanza

La habitación estaba oscura, y el estómago de Andrés Rivera (52) revuelto. Echado sobre una butaca e invadido de dolores viscerales, recorría las líneas de la declaración que estaba a pocas horas de leer, y pulía mentalmente algunas palabras que le ayudarían a disimular su leve tartamudez.

Mientras la colitis se apoderaba de sus entrañas, Natacha, su mejor amiga, corrió hasta la habitación, abrió las cortinas y la ventana de par en par dejando que el sol se colara junto con la brisa mañanera. Andrés la observaba descompuesto.

—¡Buenos días, Panamá! —gritó Natacha desde el balcón— ¡Estamos transmitiendo en vivo desde el hotel…! ¡Hoy Andresito leerá su declaración ante la OEA!

Las carcajadas aparecieron junto con un resoplo de alivio. Era un día importante: Andrés leería un discurso ante la Organización de los Estados Americanos, y en calidad de activista LGBTI, retrataría, por primera vez en ese podio, las principales complejidades de ser trans.

En 2003, Andrés apareció en Diagnóstico, un programa de televisión que abordaría durante uno de sus capítulos la realidad, hasta entonces invisible, de las mujeres que realizaban su transición para vivir en una identidad de género masculina.

“Nadie conocía la transexualidad masculina, no se hablaba”, recuerda Andrés. “Se conocía la transexualidad femenina y desde una mirada súper estigmatizadora, castigadora: prostitución, alcohol, drogas, pedofilia, VIH”.

Pero ese día sentado en el panel, Andrés abrió con su propia historia un espacio para muchos otros como él, que estaban solos, desorientados, y que habían sido víctimas de la invisibilidad.

Los llamados y los correos electrónicos comenzaron a aparecer, creando una comunidad trans que más tarde se convertiría en OTD (Organización por la Dignidad de la Diversidad), pero que partió en la casa de Andrés en Rancagua, con 15 personas, algunas de las cuales eran amigos y familiares que con su presencia facilitaron la constitución legal de la organización. “Fue un sueño de un día que se transformó en una historia de vidas y una historia social”, reconoce.

En Chile, recién durante los años ’90, la transición hacia la democracia instauró nuevas luchas sociales, entre ellas, la de la diversidad sexual, que partió con debates sobre la derogación del artículo 365 del Código Penal, que castigaba la sodomía, un concepto utilizado para criminalizar aquello que no se ajustaba a un patrón cisgénero o heterosexual.

También el artículo 367 sobre Pudor, Moral y Buenas Costumbres, unido al de la sodomía, facilitó las prácticas transfóbicas y la persecución policial hacia personas y trabajadores del comercio sexual trans, que durante los ’90 fueron víctimas de abusos y violencia por parte de las autoridades.

Tanto la creación de una organización enfocada en los derechos trans, como la visualización de la historia de Andrés en la televisión chilena sentaron un precedente que sería la antesala de una serie de logros. Entre ellos, poder cambiar su nombre y sexo legales sin una readecuación genital en 2007, a pesar de que el protocolo exigía aquella intervención quirúrgica.

“Fue súper complejo”, recuerda Andrés. “Tuve que tener certificado psicológicos y psiquiátricos que acreditaran que yo era trans y que era hombre; testigos que declararan que me conocían como Andrés, que me habían visto desarrollándome  y desenvolviéndome como hombre, algo súper complejo porque, ¿qué es ser hombre?”.

Pero lo peor no había llegado todavía, sino que vendría en la mitad del proceso, durante su paso por el Servicio Médico Legal (SML).

Además de la revisión psicológica y psiquiátrica, algunos tribunales exigen un examen sexológico al interior del SML, y para guiarlo existe un protocolo que, para ese entonces, incluía un examen físico extra-genital y otro génito-anal.

“Te ponían en una situación de no ser humano, versus el doctor, que era el dueño de tu cuerpo. Y en esa posición en la que uno está, es muy vulnerable”, asegura Andrés, que durante todo el examen se mantuvo con el cuerpo desnudo sobre una camilla ginecológica.

El doctor inspeccionó su ano para descartar la presencia de hemorroides, y luego introdujo un espéculo en su vagina hasta producirle una herida de 3 cm. Todo mientras una asistente del doctor sacaba fotografías de cada procedimiento.

“Yo tenía 43 años y era virgen”, relata Andrés con pesar. “Pero él estaba súper feliz, porque yo estaba en su concepción estúpida de ser hombre, encajaba en ese perfil que él tenía en su mente: no era gay, porque no había ocupado mi ano, no era mujer porque no había usado mi vagina”.

Tras la revisión del SML, y en medio de un llanto incontrolable durante todo el trayecto, Andrés llegó hasta el Tribunal de Justicia. Dolorido y con el estado de shock latente, caminó hasta la oficina de la jueza a cargo de su demanda, y le contó todo.

—Si esto es ser hombre, ¿por qué no me lo dijo? Yo no hubiese seguido adelante…

Ese día la jueza también lloró.

Los próximos meses fueron de larga espera, todo para que las acusaciones legales y administrativas que Andrés tomó en contra de Bernardo Barlaro, el médico del que fue víctima, rindieran fruto. Lo cual no ocurrió hasta el 10 de diciembre, cuando se encontró con el entonces director del SML, Patricio Bustos, en medio de una ceremonia por los Derechos Humanos celebrada en el Museo Nacional.

Una vez más Andrés,  con su ya característica valentía, se acercó a Bustos para contar su historia. La respuesta fue un “por favor, perdónanos”, que se convirtió en diecinueve meses de trabajo arduo, con reuniones que fueron y vinieron para transformar el protocolo de peritaje trans del SML en uno que respetara la integridad de todas las personas.

Para cumplir con los procesos de la demanda de cambio de nombre, la población trans todavía debe ser registrada en el SML, sin embargo, el nuevo protocolo señala que el tratamiento del paciente debe ser siempre bajo el nombre social, no se pueden sacar fotografías, a no ser que la persona en cuestión esté de acuerdo, y los exámenes no incluyen pruebas invasivas.

“Eso calmó un poco el dolor de mi violación”, reconoce Andrés. “Lo que también me calma son los llamados telefónicos de compañeros y compañeras para decirme, oye, en el SML me trataron súper bien, gracias. Gracias por haber luchado para cambiar el protocolo. Ser punta de lanza tiene su costo. Así lo sentí en su minuto, y así lo sigo sintiendo hoy en día en algunos aspectos”.

El actual proyecto de Ley de Identidad de Género, que todavía se encuentra radicado en la Comisión de Constitución, Legislación, Justicia y Reglamento de la Cámara, eliminará completamente los procedimientos al interior del SML.

Además, el proyecto contempla que la demanda de cambio de nombre y de sexo legales sean de carácter administrativo, lo cual suprime la presencia de una sentencia, y le permite a las personas trans realizar el trámite a través del Registro Civil, como cualquier ciudadano.

La iniciativa está pensada tanto para individuos mayores de 18 años, pero también para niños, niñas y adolescentes, que podrán acceder a la gestión por medio de los Tribunales de Familia.

“Los legisladores han tomado una mayor conciencia sobre la urgencia de tener una Ley de Identidad de Género que busca es respetar la identidad de cada persona y visibilizarla”, destaca Natalia Raipan, encargada de comunicaciones de la Fundación Todo Mejora. “A la sociedad le cuestan los cambios, pero que hoy esta Ley esté ad portas de ser aprobada, es un gran avance, ya que el tema trans puede estar en todos lados, en todas las familias y en todos los estratos sociales”.

Andrés también fue parte de la redacción del proyecto de Ley de Identidad de Género en sus inicios, en conjunto con la abogada Ximena Gauché. “Fue la primera con quien yo hablé y que creyó en el sueño de este loco trans”, se ríe.

El día en que la sentencia del Tribunal le otorgó un nombre y sexo legales que iban de acuerdo a su identidad de género, Andrés caminó hasta el centro de Rancagua con el sol pegándole en la cara, y se encontró con la mujer que más tarde se convertiría en su esposa, para caminar juntos de la mano.

“Fue súper significativo, porque antes de eso, éramos una pareja lésbica, y ella corría riesgo que de que le quitaran a sus hijos, pero ese día nos tomamos de la mano y nadie nos podía decir nada… Porque yo era Andrés, sexo masculino. Una situación muy simbólica”.

OTD Rancagua fue la primera organización trans en conseguir estatus consultivo en la OEA, y Andrés, como su fundador y presidente, fue el encargado de llevarle a los estados de América su propia versión de la situación LGBTI.

Ese día Natacha lo acompañó hasta el borde del escenario, él tenía solo un té en el estómago, y todos los músculos de su cuerpo se contraían en un temblor infinito. Todo corría en cámara lenta, un abrazo, un beso.

—Tranquilo —lo consoló Natacha—, si te va a ir bien.

El discurso que Andrés dio por primera vez ante la OEA, y que tiene guardado en VHS, abrió la perspectiva de los países americanos hacia la precaria situación de las personas LGBTI, y dio paso a un segundo discurso que después pronunciaría en Colombia, hasta recibir los vítores de la mismísima Hillary Clinton.

La larga carrera de activismo de Andrés le valió reconocimiento internacional a través del premio Felipe do Souza, que le fue otorgado en 2007 por la International, Gay and Lesbian Human Right Comision (IGLHRC) en Nueva York. Y también, a nivel nacional, fue condecorado en 2014 con el premio Todo Mejora.

“Ser Trans hace 14 años atrás significaba que te lapidaban”, asegura, “el castigo social era súper fuerte. Ser Trans en estos nuevos aires sociales es más comprendido. Hemos cambiado como sociedad… Si yo hiciera mi transición hoy, no hubiese pasado por todo lo que pasé. No hubiese estado tres años cesante, no hubiese conocido tanto la brutalidad de la gente. No habría tenido un problema alcohólico ni un intento de suicidio. Es un Chile diferente el de hoy, que le falta, sí… muchísimo, pero la gran mayoría está absolutamente sensibilizado”.

Abriendo un espacio

El olor a masa frita y el vapor de una tetera se impregnan en las paredes de madera al son de conversaciones sobre hormonas, cirugías y libertades. Las tablas del piso rechinan con cada esfuerzo por acomodar una pila de sillas en hileras frente a la pantalla de tela que proyectará Mi último round, la película escogida para completar el ciclo de cine semanal en OTD Santiago.

Apenas las sopaipillas están listas, un tumulto de jóvenes se ciñe contra un mesón amarillento mientras los vasos de café y té humeantes atraviesan el pasillo.

Chiquilles —pronuncia uno de los organizadores asomando la cabeza hacia la cocina—, ¿están listos para comenzar?

Chiquilles, no chiquillos ni chiquillas, porque al menos al interior de la sede de OTD —una casona construida a los pies del cerro San Cristóbal en la calle Domínica del Barrio Bellavista— el género y la identidad fluyen más allá de la normatividad de los dos sexos.

Para este grupo de personas, el binario de género no es lo único que existe, porque si lo fuera, ser trans no sería posible.

Y lo es.

OTD Santiago se formó junto con la necesidad de hacer valer los derechos humanos de personas transexuales, transgéneros, travestis e intersexuales. En enero de 2015, la organización comenzó oficialmente con sus actividades —tanto comunitarias como a nivel político—, aunque muchos de sus integrantes ya se habían consagrado hace varios años como activistas LGBTI.

Mírate —el ciclo de cine que ha reunido en su mayoría a jóvenes y adolescentes— es parte de las actividades del área de desarrollo comunitario, que viene a sumarse a otros cuatro sectores divididos en salud integral transconsultoría y capacitación política internacional, legislación y política pública y educación y cultura.

“Tratamos de generar comunidad”, explica Mariechen Euler, voluntaria de OTD Santiago, asesora técnico pedagógica y magister en género, “extenderla hacia otras miradas para que las personas cisgénero puedan entender que el mundo es más amplio y que no tiene que ver solo con ser hombre o mujer, sino con cómo construimos el conocimiento”.

La actividad está abierta a todo el público, y este sábado, como muchos otros sábados, se creará un espacio de interacción y educación. Después de la película, cuando las luces se vuelvan a encender, cada uno de los integrantes presentes hará sus comentarios, bromeará, se reirá, discutirá e incluso llegará a comparar la trama con su propia vida, porque ya no teme hacerlo.

Hace ya mucho tiempo que ninguna de las personas del cuarto teme reconocer quién es.

Lo que ocurre al interior de OTD Santiago se ha convertido lentamente en una convicción,  sobre todo para las nuevas generaciones trans. Un fenómeno que Cristóbal Carvajal, psicoanalista de la Universidad Católica, ha podido presenciar personalmente desde su consulta.

La mayor parte de sus pacientes trans —que han llegado a él gracias al proyecto Joven Confundido, una ONG que creó para orientar jóvenes y adolescentes sobre diversidad sexual e identidad de género— no pasan de los 30 años, y todos tienen algo en común: “quieren salir del closet”, asegura, “por un deseo que tiene que ver con descubrir cuál es su lugar social”.

Tanto los jóvenes de la consulta de Carvajal, como otros reunidos en diferentes organizaciones, han comenzado a construirse un espacio en la sociedad, y en este sentido, el trabajo de los organismos enfocados en las necesidades trans han jugado un papel crucial.

Afrodita fue el primer sindicato que se constituyó en Chile con la finalidad de establecer derechos para la población trans y acabar con la discriminación. Este ejemplo fue seguido por otros grupos, como el Sindicato Nacional Independiente de Trabajadores Sexuales Travestis, Transgéneras y otras “Amanda Jofré”, TravesChile, OTD —primero en Rancagua y posteriormente en Santiago—, Transitar, Renaciendo, entre otras, que han forjado un camino de inclusión para las futuras generaciones trans.

“Al crearse organizaciones, y al fortalecerse y establecerse, empiezan a llegar fondos para trabajar y eso hace la diferencia”, explica Franco Fuica. “Las primeras marchas eran del orgullo gay… Y fueron como seis años de marchas del orgullo gay. Pero ahora, muy de a poco, también se van incorporando los discursos trans”.

Además de la aparición de diferentes organismos, Fuica también destaca la aparición y visibilización de niños y niñas trans en Chile, situación que ha roto con la estigmatización asociada a la transexualidad y el transgenerismo.

Según los expertos, la discordancia entre género y sexo biológico comienza a aparecer alrededor de los 2 o 3 años, lo cual elimina la posibilidad de considerarse como una decisión basada en el interés sexual.

“Los niños y niñas trans nos permiten ver el fenómeno de una forma más aislada”, asegura Fuica. “Con las historias de niños trans, la carga sexual desaparece y se puede ver con mayor nitidez lo que es el género. Eso hace que sea un proceso de mayor empatía, ahí la gente es capaz de decir: sí, al parecer el género es una construcción que viene desde siempre, no es algo que apareció a los 18 años o ligado al interés sexual, y eso es súper importante dentro de todo este movimiento para mejorar la visión de las personas trans”.

Esta realidad, que involucra a niños y niñas, inevitablemente ha convertido a la familia en un copartícipe de los procesos culturales que facilitan la inserción de personas trans a nivel social, escenario que ha sido reforzado por organizaciones como Transitar y Renaciendo, orientadas exclusivamente al trabajo con hijos e hijas trans.

En el caso de organismos como OTD Santiago, que funcionan en base a un espectro más amplio, también existe un espacio ligado a procesos de capacitación familiar liderados por psicólogos y asistentes sociales.

“Existe una apertura desde los círculos más estrechos de las personas”, asegura Euler, quien supervisa el trabajo con familias de hijos e hijas trans. “Yo no podría decir si esto tiene que ver con clases sociales, o con niveles culturales, creo que tiene que ver con algo tan básico como el amor”.

Las estadísticas internacionales señalan que el riesgo de suicidio adolescente para personas trans se cuadruplica al no recibir soporte familiar. “Los daños emocionales que sufren producen trastornos depresivos y ansiosos en la adultez, pero no es por ser trans”, explica Carvajal, “sino porque su núcleo que es más cercano no le entregó lo que necesita cualquier ser humano: ser aceptado y querido”.

Por ende, el trabajo con padres y madres se ha vuelto un factor clave en las sesiones que realiza en su clínica de Providencia.

“Está escrito en la literatura que cuando un hijo o una hija salen del clóset, los papás entran al clóset”, señala el psicoanalista de la UC, “y es muy bonito terapéuticamente y académicamente ver cómo les tienes que dar un espacio a los papás”.

“Hoy en día existe una apertura de los padres y madres a decir: mi hijo o mi hija están teniendo cierta conducta… Puedo pensar que tal vez no sea gay o lesbiana, quizá puede ser trans. Y eso se está respetando un poco más”, explica Natalia Raipán. “Los trans mayores tal vez siempre lo intuyeron, pero no dijeron nada. Entonces, esta apertura o mayor empoderamiento va de la mano con que el entorno acoja la situación”.

Las luces se encienden y cada uno de los rostros de la habitación languidece. El final de Mi último round traspasó con muerte y lágrimas hasta el corazón de la sede de OTD Santiago, al menos hasta que unas risitas nerviosas buscan liberar la tensión inicial.

La mirada de Mariechen se posa en los ojos de su hija de 16 años, que arrastra una silla hasta un borde del semicírculo que marcará el inicio de un conversatorio, ambas se sonríen y ambas luchan por lo mismo: porque el final de la película sea completamente una ficción.

Hace diez años las familias no formaban parte de la batalla por los derechos de la diversidad sexual, y la realidad de niños y niñas trans era invisible, “porque se suponía que se era transexual desde los 18 años para arriba”, recuerda Andrés Rivera.

Cuando recién se involucró con los derechos LGBTI, Andrés pensaba que había nacido en un cuerpo equivocado, y que tendría que trabajar duro para modificarlo hasta ser aceptado.  Hoy, con su larga carrera de activismo y su trabajo al interior de la organización Renaciendo, los niños y niñas trans, y sus familias, continúan confirmándole que la sociedad es la que está equivocada, pero que puede mejorar.

Y aunque todavía queda un largo camino por recorrer antes de conseguir la igualdad de derechos para la población trans del país, Andrés es optimista. “Estamos en un presente provocando y generando cambios… Si seguimos en un presente así, nuestro futuro y el de niños, niñas y adolescentes va a ser, ni siquiera esperanzador, sino digno”.