El bioquímico que tuiteó su suicidio: La genialidad de una mente rota

El pasado 13 de octubre se cumplieron dos años desde que Pablo Ramdohr Lepori decidió poner fin a su vida. A través de su cuenta de Twitter, el joven de 33 años dejó un mensaje programado que llevaría a su familia y amigos a enterarse del desenlace premeditado de una historia de agudeza y rebeldía. Una historia que muestra lo delicada que es la psicología humana y refleja una constante búsqueda de plenitud.

Por Javier Infante

“Aunque no lo crean, estoy contento y tranquilo”. Con estas palabras, Pablo Ramdohr comenzaba a despedirse de sus seres queridos. ‘Opiados’, como se hacía llamar en las redes sociales, o ‘el poto’, como le decían sus amigos, había tomado diez gramos de azida de sodio –componente con el cual se fabrican los airbags– y dejaba de existir. “Pablo lo logró”, le dijeron a Carlos Fernández, amigo y compañero de curso del bioquímico en el colegio San Esteban de Vitacura. “Ahí supe que lo habían encontrado muerto”, dice sobre el momento en que tomó conciencia de que, esta vez, sí era en serio.

Pablo Ramdohr Lepori tenía tantos talentos como conocimientos. La curiosidad era un motor en su vida. Músico, poeta, científico e incluso Dj en una discoteque gay del Barrio Italia; fueron múltiples personalidades en las que se esmeraba por ser el mejor, muy característico de su sentido perfeccionista. Sus amigos y cercanos lo recuerdan como una persona inmensamente alegre y generosa, pero también rebelde e irreverente. Participó en el Centro de Alumnos de su colegio, pero lo echaron por intentar rebelarse. Este carácter subversivo lo llevó a tener una relación distante con su abuelo paterno. “Mi tata era muy patriarca, no dejaba que nadie levantara la voz frente a lo que decía, y yo creo que Pablo no podía con eso, por eso en un momento se alejó de la familia”, cuenta Trinidad Ramdohr, su prima.

Pablo sufría cuadros clínicos de depresión y se encerraba por días cuando tenía bajones. Para Trinidad no eran sorpresa esos quiebres. “Yo pienso que en muchos momentos él quería morirse”, asegura.

Pablo también fue un romántico. Se enamoraba mucho de las mujeres y su personalidad avasalladora le permitió acercarse y hablarles sin miedo sobre lo que estuviera en su cabeza en el momento, desde su trabajo en un laboratorio hasta teorías complejas que había aprendido a lo largo de su vida, dedicada a aprender cuanto estuviera disponible. “Tenía un desplante impresionante con las chiquillas, se les acercaba y hablaba, pero siempre le faltó concretar con ellas, por lo que vivía en la constante disyuntiva de quedar solo como amigo”. Así lo recuerda su compañero de colegio y de aventuras.

Pablo lo explica todo

“Él sabía de todo; siempre nos enseñó un poco. Cuando lo conocí, se había leído la vida y era de esas personas que sabes que son un diamante, un regalo”. Carlos asegura que su amigo Pablo era un hombre tremendamente cerebral, que preguntaba sin asomo de vergüenza lo que no sabía. Inclusive, las personas podían pensar que era tonto, pero luego se daban cuenta de que era un genio.

Era un estudioso y un artista creativo. En su blog ‘Nada importa’ se dedicaba a escribir sobre sus reflexiones y pensamientos, los cuales se transformaban en poesía dentro de su mente. Amante de las letras y de la música, fanático de Bad Religion y bajista apasionado. Admiraba a Greg Graffin, vocalista de esa bada y profesor de Ciencias en la UCLA, combinación perfecta en opinión del bioquímico. Algo así como la fusión de la inteligencia con las melodías. Casi como algo que hubiese soñado ser.

Él sabía de todos los grupos que le gustaban, desde el metal más oscuro hasta el pop más comercial. Conocía bandas y estilos, se había convertido en un mateo de todo lo que era de su interés. Su prima recuerda cuando practicaba bajo en su departamento y un vecino reclamaba constantemente. Tanto así fue, que llegaron a prohibirle que tocara. En venganza, Pablo decidió hacer un criadero de grillos en el balcón y no dejó a su vecino en paz. Con ese sentido del humor veía las cosas.

“Seré un tonto por el resto de mi vida. Así tendré más oportunidad de aprender. Los que creen que saben se quedan estancados”. Este mensaje fue publicado el 12 de octubre de 2013 en su perfil de Twitter, solo un día antes de poner en marcha la decisión más radical de su vida: morir. Pablo no dejaba nunca de instruirse y de interesarse por cuanto fenómeno hubiera en el mundo, pero nunca logró entender la felicidad. Carlos recuerda que siempre discutía con él porque planteaba que las cosas estaban hechas para que funcionaran y no para ser felices. Esa fue una de las cosas que jamás llegó a comprender ni internalizar: el ser feliz con lo que tenía, simplemente feliz.

Pensamiento enemigo

“Sucede que tengo la mala suerte de tener una mente rota. Desde que tengo noción de mí mismo, he intentado estar en calma conmigo, he intentado perfeccionarme como persona y dejar esos tormentosos pensamientos que abundan dentro de mi cráneo constantemente. Después de años, uno se aburre de estar siempre peleando contra uno y no quiero seguir viviendo así, me da paja”. Este es uno de los fragmentos de la carta suicida en la que Pablo hablaba sobre su constante lucha, la que libraba con su propia mente, la que para él estaba rota y no lo dejaba en paz. “Desde las 3 pm a ahora… 17 hrs seguidas…. mi cabeza está cada vez más cabrona”. Cosas así daban cuenta, en su Twitter, de los trastornos que aquejaban a Pablo, una tristeza latente: angustia por el pasado, por el presente y por el futuro. El no saber lo ponía inquieto. Aquello que no podía experimentar ni ver bajo un microscopio hacía que su cerebro se pusiera a funcionar sin control.

Su prima y su amigo coinciden en algo: que Pablo era una persona tremendamente generosa. A su funeral llegó una mujer que lo había conocido cuando la asaltaron y él, sin pedir nada a cambio, la ayudó a llegar a su casa y la cuidó todo el camino. “Yo pienso que él quería ser un justiciero, pero en su interior no podía distinguir si lo que le pasaba era fantasía o realidad, y esa dicotomía fue su mayor dolor”, cuenta Carlos.

Nada fue al azar

“He tenido dos intentos de suicidio. El primero estaba triste. El segundo no sentí nada. Y hoy me siento tranquilo y contento”. La tranquilidad y la claridad eran lo que motivaba a Pablo a tomar una decisión tan radical e irreversible como su personalidad. Siempre fue un rebelde y ese día lo dejaba en claro al sublevarse contra sí mismo y apagar la mente que nunca pudo dominar, ni menos entender.

El 13 de octubre de 2013, sus amigos y familia leían con espanto el mensaje “los quiero mucho” y un link que llevaba a una carta de 5700 caracteres, donde Pablo explicaba los motivos de su decisión suicida.

En su despedida, escribió sobre su atormentada mente rota y sobre la felicidad que había encontrado entre sus amigos, pero que al parecer no había sido suficiente para callar su cabeza, esa que lo acompañaba y favorecía para conocer mujeres bonitas y tener un dominio absoluto sobre lo que quisiera, pero que se transformaba en su enemiga a la hora de estar solo y tener que lidiar con sus pensamientos. El último mensaje fue compartido más de mil quinientas veces y la noticia del bioquímico que había acabado con su vida diciendo el último adiós por las redes, se tomó la prensa al día siguiente.

Su familia y amigos sintieron rabia y mucho dolor. “Al principio me sentí mal conmigo mismo porque lo último que le había dicho sobre sus bajones era que se dejara de huevear”. Para Carlos, la rabia fue paralizante. No supo cómo manejar la emocionalidad que lo invadía, pero hoy siente que por más oreja y consejos que le prestaran a Pablo, jamás iban a cambiar esa sensación de vacío en su amigo.
Pablo luchó contra sí mismo muchas veces. Buscó ayuda profesional, pero nada fue capaz de poner en off esa mente tan creativa y perturbada que lo inundaba a tal punto de enfermarlo.

Para todos quienes lo conocieron, él será una persona memorable por su singularidad. La marca la dejó en aquellos que formaron parte de su círculo íntimo y que hoy tratan de vivir como él se los pidió en sus últimos instantes: “No lo pasen mal, pásenla bien. Dejen de preocuparse por weás y aprovechen que tienen una cabeza que los tolera. Canten, bailen y ríanse”, se despide Pablo.