Extrañando casa

«Todos han dicho algo rifado de México, pero una de las cosas más chidas es nuestra forma de hablar. Tenemos palabras que son a toda madre. «Órale, wey, atiende a las visitas». «¿Qué pedo? Sírvete más tacos». «Los quiero un chingo. Todos son mis carnales». Y podría seguir. La neta a veces nos pasamos de cabrones (hay que admitir los errores), pero siempre somos cálidos, no sólo con nuestros compatriotas, sino con todo el pinche mundo. ¡Qué chingón es ser mexicano!»

 

Por Uriel Blanco Fierro

 

Imaginen la siguiente escena. Una persona está adentro de una recámara. Las paredes son blancas y el techo del mismo color. Sólo faltaba un poco de neblina para que el dibujo se asemejara a un sueño. Pero no. Ahí estaba el tipo, mirando su computadora de forma penetrante. El parpadeo, cada tres segundos. Uno, dos, tres: ahí. Uno, dos, tres: ahí. Luego, cada dos. La luz del portátil cristalizaba cada vez más sus ojos. Y en su pensamiento, lo siguiente: “Debo escribir. Tengo que ganar. La extraño”.

Ese tipo era yo, tratando de ganar algo en Facebook. El ansiado premio: una cena para dos. ¿Dónde? Órale Taquería. ¿Tipo de comida? Mexicana. ¿Dinámica? Escribir un comentario que exalte lo que es ser mexicano; el que tenga más “me gusta”, gana. Parecía sencillo, pero la gente hace cualquier cosa por comida gratis. Y más cuando se trata de comida mexicana.

Muchas personas ya habían escrito su comentario. Algunos hablaban de las festividades y la calidez del mexicano; otros, de la comida misma. Ya no quedaban muchas opciones. Y repetir algo no era opción. Siempre he pensado que para destacar, lo mejor que se puede hacer es ser original. O, si no se puede ser del todo original y novedoso, reciclar las cosas de forma interesante. ¿Qué otra cosa nos queda en esta sociedad donde todo es un refrito del refrito?

Comentario listo. Enviar. Acarrear gente para que le dé like. Hacer de esto un spam. Rezar para que otras personas me hagan caso. Esperar lentamente, hasta que el concurso acabe. Cinco días después, todo había terminado. 203 “me gusta”. Primer lugar. “Felicidades, Uriel Blanco Fierro. Has ganado una cena para dos. Te mandaremos los datos por inbox”. Debo admitir que lo único que leí fue “gratis”. Ni siquiera estaba escrito eso, pero lo leí. Así es la mente de alguien que extraña la comida de su país. O tal vez sólo pase con los mexicanos. Como dirían en mi pueblo, “somos de buen diente”.

—Hola. Soy el chico que ganó el concurso.

—Hola, Uriel.

—Muchas gracias. Estuvo de nervios.

—De nada. Pronto haremos más como éste. Te informo que tu premio es una cena para dos personas. Puedes venir de lunes a viernes, de 18 a 20 horas. O el sábado, de 19 a 23 horas.

Debo ser sincero. Era la primera vez que hablaba con una taquería. Así me lo hacía pensar Facebook: “Órale Taquería te mandado un mensaje”. Algo tan inanimado como una palabra se transformaba en alguien que me respondía. Eso: ya no era una palabra nada más, sino una persona. Órale se convirtió en mi amigo. Parece exagerado. De hecho, lo es. Sin embargo, un pequeño México estaba a mi alcance.

—¿Estás muy ocupada? ¿Qué tarde tienes libre? Me gustaría invitarte a cenar.

—Ay, qué bacán. ¿Quizá hoy?

—Podría ser hoy, pero depende la hora. Es que me gané una cena para dos en un restaurante mexicano. La cuestión es que el premio es de 6 a 8 pm.

—Buena. ¿Te parece hoy? ¿Dónde es?

—Sí, hoy. Está cerca del metro Los Dominicos. Es la comuna de Las Condes.

—Vamos.

—¡Vamos!

Mariana es una muy buena amiga. Por cuestiones que desconozco (y que le agradezco a la vida), la conocí el semestre en México, cuando ella y otra amiga chilena fueron a estudiar a mi escuela. Después, como si los planetas se hubieran alineado a mi favor, conseguí el intercambio a Chile. La despedida en México se convirtió en un hasta pronto.

Seis meses en México le bastaron para enamorarse de la cultura. Y una importante parte de ella es la gastronomía. “Uy, las gorditas. Sí, ésas con queso y repollo. Las quesadillas con nopales. El mezcal, Uriel. Todo es muy rico”. Chilena con un toque mexicano en la guata, y en su corazón también: aquel viaje al sur de mi país marcó la que quizá sea una de las mejores experiencias de su vida. Amigos entrañables, una nueva cultura, paisajes inolvidables. Estas postales quedan en la memoria para siempre.

Llegamos a Órale Taquería. Los precios eran elevados. No es fácil encontrar comida mexicana en Chile. Además, estábamos en Las Condes, que, según Mariana, se caracterizaba por ser una de las comunas más costosas de Santiago. Realmente dijo “cuica”, pero ahondar en el significado del término no tiene sentido ahora.

—Hola. Vinimos por la cena. Soy el que ganó.

—¡Hola! Claro, pasen. Ahora los atendemos.

El lugar era bastante colorido. Los típicos verde, blanco y rojo; rosa pastel por un lado, naranja por el otro. Las paredes presumían frases que me hacían sentir en casa. “Taco que se desborda no es taco”. “Al que madruga, Dios le ayuda”. “Si no es pan, es tortilla”. Y el menú. Oh, querido menú, tan sólo leerte fue un viaje a la nostalgia. Muchas imágenes brotaron en mi mente. No pude evitar visualizar la taquería que está a 10 minutos de mi casa y los recuerdos me asaltaron: “Panche, vamos por unos tacos y después a jugar FIFA”. Y en mis recuerdos volví a escuchar a Diego, mi mejor amigo desde que tengo 3 años (o sea, desde que tengo memoria). Y siguieron otros más: “Hijo, ve por unos tacos ahí a la esquina. Tráeme tres a mí”. Mi mamá me hablaba. “Qué pasó, my son. Dile a tu mami si no quiere ir con nosotros por tacos. Llego como a las siete, ¿va? Atentamente: your father”. Mi papá estaba a mi lado. “Carnal, ya vámonos. Hay unos tacos bien chidos por aquí cerca. ¿Te acuerdas del lugar que te dije la otra vez? Ahí. También venden unas carnitas a la vuelta”. Mi hermano se unía a la reunión. Mariana y yo estábamos en el lugar de forma presencial, pero toda mi familia nos acompañaba. Ella pidió unas enchiladas. Yo pasaba mi vista platillo por platillo. Todo era un antojo. Hasta que llegó la conexión. “Pide tacos, wey”, me dijo mi consciencia.

No sólo era nostalgia. En inglés hay un término para lo que yo sentía. “Homesick”. Pero prefiero mexicanizarlo: “extrañando casa”. Sí, justo como el nombre de aquella canción (y álbum) de la banda de rock mexicana División Minúscula. “Me atrevo a decir que esto es lo más difícil que jamás viví”. Sí, y lo más hermoso también.

“Me atrevo a decir que esto es lo más difícil que jamás viví”. Ya no pensaba en mí. Cuando los dueños del restaurante me hablaron, pensé en todos los mexicanos que están fuera de casa. Al menos yo volveré, ¿pero ellos? Tal vez nunca pisen su tierra otra vez, y todo porque no hay oportunidades suficientes.

—¿De dónde son?

—De Pachuca. ¿Has ido?

—Claro. Es muy bonito.

—Los pastes, ¿qué tal?

—Buenísimos. El de tinga es mi favorito.

—Es muy rico.

—¿Piensan volver a México?

—Por ahora creo que estamos bien aquí en la taquería. Nos gustaría regresar, pero…

—Sí, te entiendo.

—Pero, bueno, ¿les gustó la comida?

Así es un mexicano: siempre se preocupa por ti antes que por sí mismo. Por supuesto que la comida había estado increíble. En cada bocado pensaba en todo eso que ya enuncié. Cada cucharada de sopa de tortilla era sinónimo de una comida familiar. Cada sorbo de agua de horchata, por su dulzura y suavidad, era un abrazo de mamá. Cada taco era una salida con los amigos. No fue una simple cena; fue un retorno a las raíces y una reflexión del ser y de los que me rodean desde la gastronomía mexicana.

Quiero que este relato sea una pintura de lo que pasa un estudiante mexicano de intercambio en tierras desconocidas. Extrañar la comida es sólo un grano de arena del mar infinito de emociones. Pero también quiero que estas palabras queden como vínculo entre mexicano y mexicano. Y más aún: entre ser humano y ser humano. La vida es un entramado complejo. Algunos escapan; otros luchan hasta alcanzar la felicidad plena. Los oriundos de Pachucha decidieron luchar. Hay otros millones de mexicanos, en Chile, Estados Unidos, Canadá, Europa, Asia y en todo el mundo, que están dando lo mejor de sí para vivir de una manera digna. Espero que algún día regresen vencedores, con la frente y la mirada bien arriba. Gracias a estas palabras, estaré con cada uno de ellos. Y ahora les digo: “Vayamos juntos, extrañando casa”.