La mamá de las trabajadoras domésticas

Ruth Olate es la presidenta de la Federación de Sindicatos de Trabajadoras de Casa Particular y actual miembro del Consejo Ciudadano de Observadores del proceso constituyente. Desde el 2015, la Ley 20.786 que provee de contratos a todas las trabajadoras domésticas, está en vigor gracias a la lucha del sindicato.

Por: Isabelana Noguez Pérez

La madre de las trabajadoras domésticas de Chile

El día en el que Ruth Olate conoció a la Presidenta, se encontraba en Ginebra, a más de 11 mil kilómetros de distancia de Chile. Fue el 16 de junio del 2011 en la Conferencia General de la Organización Internacional del Trabajo, donde se reconoció el Convenio 189 sobre el trabajo decente de las trabajadoras domésticas.

Ruth estaba en la cuarta fila del pleno. Traía puesto los audífonos que traducían la conferencia al español. Tomaba fotos, posteaba en Facebook, escribía tweets y mensajes. Fotografió cada detalle, para preservarlo más allá de la memoria.

Y mientras ella usaba su celular, escuchó que nombraban a Michelle Bachelet, Directora Ejecutiva de ONU Mujeres en ese año. De un salto, se levantó de su asiento para caminar de prisa hasta la primera fila. Fue como si viera a una estrella del Rock en un concierto. Disparó su cámara muchas veces. Michelle Bachelet le dedicó una sonrisa y la saludó.

“¡Me reconoció!”, pensó Ruth. Eran las dos únicas chilenas en la conferencia del país suizo.

Más tarde, se encontraron en la casa del embajador. Conversaron.

-Fue muy buena esa conversación, porque la conocí. Conocí cómo es ella.

-¿Cómo es ella?

– Es una mujer luchadora, que le ha tocado una situación difícil ahora. Es una buena madre, porque pone la cara por la tontera del hijo. No me interesa profundizar en eso, por eso no le pregunto. Para ella fue un dolor muy grande. Ha tenido una tremenda fuerza. Cualquiera se hubiera quebrado, y ella con una sonrisa, a lo mejor una sonrisa triste, le sonríe a todos los que la saludan, los que se toman fotos con ella. Creo que el cariño de la gente la mantiene fuerte.

Cuando Ruth habla de la Presidenta Michelle Bachelet, se refiere a ella como “mi Presidenta”.

-A mí me duele mucho cuando se habla mal de ella.

En diciembre de 2015, la Presidenta nombró a los integrantes del Consejo Ciudadano de Observadores del proceso constituyente. Entre los 15 concejeros, figura Ruth Olate.

“Ahora me sientan en la primera fila. Y a mí nunca me habían sentado en la primera fila”, dijo Ruth, sentada justamente en la cabecera de la mesa del comedor del Sindicato de Trabajadoras de Casa Particular.  Parece el Rey Arturo y las mujeres del sindicato sus caballeras de la mesa rectangular.

****

 

Ruth es una mujer de complexión robusta, de 56 años de edad. No lleva puesto maquillaje, ni anillos, ni aretes, ni máscara de pestañas. Un par de círculos oscuros debajo de sus grandes y poco expresivos ojos resaltan sobre su tez morena. Un mechón de su cabello corto y castaño juguetea por sus orejas. Sus pechos chocan contra la mesa.

-¿La Rosy no fue con ustedes?- pregunta Ruth

-No, no fue al colegio.

-Dijo que no iba a ir.

-Que se le hizo tarde.

-Que tenía compromiso con la tía, que la iba a acompañar a  ver unos muebles.

-Erika, ¿para dónde se fue?- pregunta Ruth, de nuevo. Parece una madre que pregunta por sus hijas.

-Se fue para arriba.

-Hay que motivarla para que vaya. Si uno no aprende a estar informada, no tiene opinión- aseguró Ruth.

-Así es nuestra presidenta, así la queremos nosotras. Para proyectos, para enseñarnos. Somos tan duras nosotras.  Duras para aprender, porque queremos tomar las cosas fáciles. Y no, po. Las cosas no son así- dice Virginia, miembro del Sindicato.

– ¿Y la Mayra siguió yendo?- pregunta nuevamente Ruth, como si fuera un profesor tomando la lista de asistencia.

-No- responden varias.

SINTRACAP es una casa vieja, pero cálida. En las paredes hay afiches sobre el Convenio 189, la Ley 20.786 de las trabajadoras del hogar, sobre el trabajo digno e incluso sobre la postura católica en contra del aborto. Algunas veces, la casa se convierte en la cede de talleres,  sobre liderazgo, manipulación de alimentos, derechos laborales y hasta de primeros auxilios, que organiza Ruth. El comedor, que sirve también de centro de reuniones, está decorado por unas pocas plantas.

****

No había tiempo para historias. Ruth no jugó a saltar el lazo, ni al escondite. Jugaba a las casitas y ella interpretaba siempre el papel de la mamá. Es la tercera de siete hijos. Su madre, una mujer soltera, tímida y trabajadora, daba pensión a los camioneros que pasaban con madera en la carretera a las afueras de Santa Juana, el pueblo en donde nació. Ruth iba a la escuela, estudiaba, tejía y bordaba. Cuando tenía 6 años, su madre falleció.

“Cuando abrí los ojos al mundo, yo ya limpiaba pisos”, dice. Su voz se quiebra por un instante. Silvia, miembro del Sindicato, permanece callada, sentada a su lado en el comedor. Las socias del sindicato van y vienen con platos para el almuerzo. Un mural de colores adorna la pared amarilla, deslavada por el tiempo. Toallas, ropa interior, blusas, pantalones de pijama están colgados en el pasillo. SINTRACAP también es la posada para chicas que trabajan de lunes a viernes y no tienen donde quedarse. El olor a sándwiches y café, perfuman el aire.

****

Ruth Olate empezó a trabajar de empleada doméstica cuando tenía 12 años. En la casa había cuatro niños que, la  también niña Ruth, debía cuidar. El más grande de los chicos tenía sólo dos años menos que ella y la menor aún no sabía hablar.

Los niños estaban en el comedor y Ruth barría el suelo mientras los chicos comían.

¡Crash!

Un plato cayó al suelo. Ruth lo levantó y dio otro al niño.

¡Crash!

Otro plato volvió a caer.

Al principio, Ruth creyó que era un accidente. Nunca fue un accidente.

Cuando los empleadores de Ruth miraban la televisión con imágenes a blanco y negro, ella debía quedarse parada en la entrada de la sala. No se le tenía permitido sentarse en los sillones ni en el comedor.

“Nunca he echado de menos ningún trabajo”, asegura.

A los 17 años Ruth se fue de su casa.

****

Durante quince años fue devota cristiana. Su vida eran asambleas, reuniones, oraciones y predicación.

Tenía 30 años y vivía en Osorno cuando decidió dejar el mundo de los rezos y el incienso por un mal amor. Se enamoró de un hombre casado que no pertenecía a su religión.

“Yo estaba enojada conmigo misma porque fue algo que no pude sobrellevar. Me salí de mi religión, que me pesa hasta el día de hoy. Pero yo digo que de corazón sigo siendo cristiana”.

En el sur del país, se dio cuenta de que muchas de sus compañeras, también trabajadoras del hogar, no conocían sus derechos ni tenían contrato. Trabajaban más de 12 horas, no tenían permitido salir de la casa de sus empleadores, ni tiempo para almorzar.

Con impotencia, indignación y el corazón roto, decidió mudarse a Santiago.

“Mi pololo, marido y amante es la Organización del Sindicato de Trabajadores de Casa Particular y Federación”, dice segura.

-Así es Ruth. Ella da todo para acá. Está dividida, entre el sindicato y su familia- recalca Erika, miembro del sindicato.

-Ella se dedica el cien por ciento al Sindicato. No trabaja ni nada- agrega Virginia.

-Entonces no tiene sueldo. Eso es lo otro, también- agrega Erika. Toma una bolsa de papas fritas del centro de la mesa y la abre. Se lleva un puñado a  la boca. Crunch, Crunch. Virginia se acerca el plato de tomates y sirve algunos en su plato. Dos mujeres entrab, saludan y se dirigen a la planta alta de la casa color mostaza en la calle San Vicente.

Ruth nunca más se ha vuelto a enamorar.

****

El 22 de enero de este año, Ruth sufrió un coma diabético. Sus piernas temblaban, no se podía levantar.

-Doctor, me siento muy mal. Aún tengo fiebre-, le decía Ruth por teléfono con su médico.

-No puede ser sólo el coma, Ruth. Por cómo me dices que te sientes, debe ser otra cosa.

Ruth admitió haber sentido una bola en la piel, cerca de su busto derecho. Creyó que era un quiste sebáceo. Nada riesgoso.

El doctor la examinó. Tampoco creyó que fuera un tumor cancerígeno, ya que no tuvo hijos, ni amamantó.

Pero la mamografía y ecografía dieron otro diagnóstico: cáncer invasivo de mama.

Le extrajeron el tumor, junto con un pedazo de tejido por prevención. Le quitaron seis glándulas mamarias. Constantemente le hacen exámenes para diagnosticar a tiempo la posible existencia de células cancerígenas y ver si será necesaria la quimioterapia.

-Espero que no sea así. Veremos a ver qué pasa- su voz se quebró por segunda vez.

Ruth lleva siete sesiones de radioterapia. Aún le quedan ocho.

-El apoyo de las compañeras ha sido tremendo. Y de mi familia también. Del Ministerio, incluso de la Presidenta. De mis compañeras de fuera de Santiago. Creo que eso me da mucha fuerza para seguir.

Ruth sabe que poco a poco su brazo derecho se volverá más débil. La radioterapia afecta la movilidad. No puede realizar actividades que comprometan su salud, ni cargar objetos pesados.

“Si no es por el coma diabético, lo habría dejado estar ahí”.

****

– Yo la primera vez que la vi, dije ‘¡Oh! Dios mío, ¡qué mujer!’… pero lo dije en mala onda-,  dice riendo Erika. Toma las galletas del centro de la mesa y mordisquea una.

-Terrible, dije. Pero eso fue años atrás. Una la va conociendo, su forma de ser, su modo de vivir, todo. Es una buena persona, pero tienen un carácter fuerte por el puesto que tiene. Y creo que tiene que ser así porque todas tenemos distintos cargos y también tenemos un carácter fuerte. Pero ella es fortachona, fuerte- añade.

-Yo por ella he aprendido harto. La primera vez que vine fue un día feriado, un 16 de julio. Estaban haciendo un taller sobre la asesoría del hogar, de la cotización, de todo. Ese día yo salí y me vine a compartir con las chiquillas. Después me fui a mi trabajo y ese mismo día me despidieron- cuenta Silvia. Lleva puesto un abrigo rosa que la hace ver menor, más infantil de algún modo. Sus ojos se empañan mientras revive esa experiencia.

-Me despidieron porque yo había salido ese día. Y yo no tenía derecho a salir. Había trabajado en esa casa durante 22 años. Una abogada me trajo para acá. Ahora sé que tengo derecho a no trabajar los días feriados- dice triunfante.

Silvia no abandona de su asiento al lado de Ruth, como una guardaespaldas. Sonríe cuando Ruth lo hace. Guarda respetuoso y estricto silencio cuando Ruth habla. Asiente a cada afirmación que Ruth hace.

****

Ruth Olate, presidenta del sindicato de Trabajadoras de Casa Particular, es otra de sus cartas como candidata. “Tiene todo para ser diputada”, asegura RD. Esto es un extracto que fue publicado en la Revista Capital, el 26 de mayo de 2016. El diputado de Revolución Democrática Giorgio Jackson, afirmaba que Ruth podría ser buena opción para un puesto político, pero ella se sacude la idea, como quien intenta alejar una mosca. Cuenta que la política le da miedo, por lo que se ve, se dice y se escucha.

-Si me meto a la política me gustaría ser concejala, alcaldesa y después, quizá, una diputación. Veo que en nuestras organizaciones se necesita mucho. Quiero continuar en el trabajo sindical, con el Convenio 189, implementar la Ley. Llegar a las compañeras. Debemos estar juntas para lograr un cambio.

Ruth Olate es la voz y madre de las trabajadoras domésticas.

-Me va a costar dejarlo-, se aventura a decir.

-¿Por qué lo va a dejar?

-Porque uno no es eterno.