Roque Alfaro, tricampeón mundial de Taekwondo: Moldeando el destino a patadas

Con 10 años ya ganaba torneos y premios. Ha dedicado más de la mitad de su vida a entrenar y convertirse en un verdadero Sayayín, en referencia a la poderosa raza guerrera del animé Dragon Ball. Es campeón mundial de Taekwondo y busca abrirse camino para el nuevo desafío: los Juegos Olímpicos.

Natalia Marín

 

Se ajusta el cinturón, cierra los guantes y endereza la postura. Junta las palmas, hace una pequeña reverencia y está listo para la competencia. Segundos antes de dar el primer golpe, separa los brazos y grita muy fuerte. Su contrincante hace lo mismo, desafiándose mutuamente. Veinte minutos después y luego de múltiples patadas y golpes, Roque Alfaro, de 19 años, con una gran sonrisa, pasa a la siguiente ronda. ‘‘Cada vez que tengo que enfrentarme a alguien me entra una adrenalina inexplicable. Es como si me convirtiera en otra persona u otro ser. Solo me concentro en el otro y su debilidad’’, explica mientras toma un sorbo de agua y seca el sudor de su frente.  Son cerca de las 11:30 y tiene tres enfrentamientos más. En su academia, ubicada en la comuna de La Florida, es donde se prepara para ser instructor. Está a enfrentamientos de certificarse en nivel 3.

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Roque Alfaro comenzó a los siete años con el kárate, y tres años después cambió al taekwondo. ‘‘Cuando era chico, yo era guatón y me hacían bullying en el colegio. Obviamente eso no me gustaba y mi papá, que es súper deportista, se aburrió y me llevó a kárate. Como él ya lo practicaba, pensó que a mí también me gustaría y me ayudaría un poco con mi autoestima’’, cuenta el joven taekwondista, con una sonrisa de oreja a oreja que parece imposible borrar de su rostro.

En casa, su pieza parece más un gimnasio que un dormitorio. Sobre la cama hay tres repisas sobrecargadas de los trofeos que ha ganado en estos 9 años. En su armario cuelgan cientos de medallas de todos los portes, y el dorado y plateado brillan fuertemente ante los rayos de sol que entran por la ventana. En otra esquina, un gran saco de boxeo se balancea lentamente, como burlándose de alguien para así recibir un golpe. Y bajo este, cuatro colchonetas pegadas entre sí descansan sobre el suelo. En las otras paredes hay una bandera de Chile, banderines con las iniciales ATA, que es la organización para la que Alfaro entrena. Significa en inglés ‘‘American Taekwondo Association’’ (Asociación Americana de Taekwondo) y es una de las tres organizaciones a nivel mundial. ITF (también en inglés, International Taekwondo Federation) y WTF (en inglés, World Taekwondo Federation), son las otras dos. Esta última es la encargada de llevar a estos luchadores a los Juegos Olímpicos: la nueva meta de Alfaro.

Roque Alfaro 2En septiembre del año pasado, Roque participó con su federación en el PanamExpo 2016, el torneo más importante de Sudamérica. Junto a otro compañero fueron los encargados de representar a Chile y traer, en su caso, una tercera medalla de oro, lo que lo convirtió en tricampeón mundial ATA.

El Taekwondo (Tae: patada, Kwon: puño, Do: forma de vida, que puede ser traducido como El camino de pies y manos), es un arte marcial de origen coreano, que tiene como principal objetivo defenderse sin uso de armas y el bloqueo de golpes a través de patadas y puños. Con el tiempo se ha desarrollado no solamente como uno de los métodos más efectivos en defensa personal sin arma, sino en un arte, un deporte emocionante y un excelente ejercicio para mantenerse en buenas condiciones físicas.

‘‘En este momento Roque es cinturón negro segundo DAN. Los grados DAN están asociados al cinturón negro, un practicante que acabe de avanzar a cinturón negro será 1º DAN, e irá avanzando a 2º DAN, 3º DAN y así consecutivamente hasta 9º DAN. Los colores de los cinturones también son muy importantes. Primero se inicia con blanco, sigue amarillo, naranja, verde, morado, azul, rojo, marrón y por último negro. Estos hacen referencia a la madurez” explica Alberto Cariceo, su profesor y maestro de hace años. Lo describe como un joven hiperkinético. ‘‘Siempre anda saltando por ahí. Grita, se ríe y habla fuerte. Esa energía que tiene es la que lo ayuda a canalizarse tan bien en los torneos’’.

Cariceo y Alfaro concuerdan en que después del primer torneo, todo fue diferente. ‘‘Luego de tres meses de practicar me metí de lleno en lo que era el taekwondo y la competencia, ahí le tomé la seriedad. Ya no era bajar de peso ni un pasatiempo, si no que esforzarse por un logro y conseguir algo. Me conquistó lo que llevaba y dejaba el Taekwondo. Su filosofía, sus valores y los vínculos que generé. Dejé de verlo como un deporte, pasó a ser como un arte que me llenaba y con el que me encariñé’’, relata Alfaro. Está preparándose para un nuevo enfrentamiento. Asegura que este le costará, ya que su oponente es el mismísimo Alberto Cariceo.

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  Casi se acaba la mañana y Roque sigue en la academia. Con sus puños apretados y su casco puesto, da unos pequeños       saltitos de atrás para adelante. Suelta un poco de aire por la boca y grita al mismo tiempo que lanza una gran patada al      aire con el pie izquierdo. Lo apoya y repite lo mismo pero con la pierna derecha. Su hermano Diego se asoma por una uerta, también con kimono y la avisa que ya es tarde y debe irse a la universidad.

-¡Chuta, de nuevo!, exclama y corre a los camarines a darse una ducha rápida.

Vuelve 10 minutos después con una tranquilidad tan inmutable que nadie pensaría que llevaba dos horas lanzado patadas y combos a enemigos invisibles. Tiene clases a las 11 am. Y debe apurarse si quiere llegar a la hora.

-Siempre me pasa – dice buscando sus cosas –. Me pongo a entrenar y se me pasa la hora volando. El problema es que los profes no entienden eso y creen que me quedo dormido. En el colegio era distinto, los profes me dejaban llegar a la hora que quisiera, porque sabían que preparaba campeonatos y torneos. Aquí son pocos los profes que me apoyan. Si no soy participante de los Juegos Olímpicos, no soy un deportista importante.

Con nueve años practicando el taekwondo con rigor, Alfaro ha tenido que aprender a mezclar estudios, amistades y otras actividades. En el colegio contaba con el apoyo de la administración, terminó cuarto medio con promedio 6,5 y actualmente estudia Sociología en la Universidad de Chile.

Evelyn Ulloa fue su profesora toda la enseñanza básica en el colegio San Damián y vio toda la transición que Roque Alfaro vivió con el taekwondo. ‘‘Siempre ha sido un joven con mucha energía, muy simpático y buen amigo. Cuando lo empezaron a molestar, se puso triste, andaba decaído. Empezó con las artes marciales y en dos meses volvió a ser el mismo… Creo que nunca más lo volví a ver triste en mi vida, además que siempre tuvo buenas notas, a pesar de que entrenaba tanto, nunca le puse un rojo’’.

Roque Alfaro lleva casi la mitad de su vida en esto. Está a meses de cumplir 20 años y califica al taekwondo como el motor que lo impulsa. Aunque su carrera la ha formado en ATA, ahora está t rabajando duro para poder cambiarse a WTF, que es la federación olímpica. Y ese es el próximo desafío, conquistar el tatami olímpico, la mayor de todas las arenas, pero siente que aún no está listo. La competencia termina y Roque no pudo ganarle a Alberto. Él sigue siendo su maestro y, según sus propias palabras, cuando logre vencerlo sin ningún problema, será el momento de dar el siguiente paso.